jueves, 28 de enero de 2016

El rastro de la pantera (1954)

Estrellas cinematográficas como John Wayne aprovecharon el ocaso del sistema de estudios para fundar sus productoras y, desde ellas, controlar sus carreras artísticas eligiendo aquellos papeles que mejor encajaban para sus aspiraciones en películas que, en principio, no sufrirían las intervenciones de terceros. El protagonista de Centauros del desierto (The Searchers, 1956) se asoció con Robert Fellows para crear la Wayne-Fellows Production, desde la cual produjeron, entre otros títulos, tres largometrajes dirigidos por William A.WellmanInfierno blanco (Island in the Sky, 1953), Escrito en el cielo (The High and Mighty, 1954) y El rastro de la pantera (Track of the Cat, 1955), aunque esta última no contó con la participación del actor delante de las cámaras, quizá porque el papel principal se define por connotaciones negativas poco adecuadas para su perfil dramático. Esta circunstancia provocó que el rol protagonista recayese en Robert Mitchum, una elección que jugó a favor del personaje y de un western atípico, asfixiante y opresivo que destaca por las frías tonalidades que William H.Clothier empleó en su fotografía, la cual agudiza el aislamiento interno simbolizado en la nieve que cubre el valle donde se desarrolla la acción, y donde se expone la interioridad de individuos condicionados por sus deseos incumplidos, aunque también por la imposibilidad de sus relaciones emotivas y afectivas. Pronto se comprende que El rastro de la pantera solo asume del western su ubicación espacio-temporal al desarrollarse como un drama familiar, claustrofóbico y espectral, en el que los prejuicios y la intolerancia (representados en la figura materna), el desprecio que define a Curt (Robert Mitchum), o la soledad y las frustraciones que habitan en cada uno de ellos, salen a relucir a lo largo de los minutos de una trama cuya complejidad significativa provocó que la propuesta de Wellman, repleta de simbolismos, ni fuera comprendida ni valorada en su justa medida, porque, en sí misma, toda la película es una metáfora, incluido el título que hace alusión a un felino que nunca se muestra de forma física, aunque siempre se encuentra presente como parte de los fantasmas, miedos y anhelos incumplidos que anidan en los miembros de la familia Bridges. Como consecuencia de la frialdad que no solo les rodea, sino que habita dentro de ellos, solo Harold (Tab Hunter), el pequeño de los hermanos, tiene la posibilidad de asumir un destino distinto que lo libere de la opresión y represión dominante, y ese destino, que implica su alejamiento del entorno familiar, responde al nombre de Gwen (Diana Lynn), la joven a quien Ma Briges (Beluah Bondi) rechaza, la misma a quien Curt parece desear porque no puede aceptar que su hermano tenga acceso a algo o a alguien que a él se le niega. Estas circunstancias marcan el devenir de una película intimista que se desarrolla desde las personalidades de personajes que generan la ansiedad, el rechazo y la ruptura dentro de un núcleo familiar que se desmorona durante una jornada en la que existe una amenaza real, aquella que nace de pensamientos condicionados por el espacio físico que los engulle y por la pantera que vive y crece en su interior.

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