viernes, 11 de diciembre de 2015

Rififí en la ciudad (1963)

El título Rififí en la ciudad puede llevar a engaño y provocar la falsa creencia de que se trata de una secuela de la magnífica película que Jules Dassin rodó en 1955, sin embargo, nada más lejos de la realidad, porque el largometraje de Jesús Franco solo tiene en común con Rififí (Du rififi chez les hommes) la presencia de Jean Servais y Robert Manuel. La explicación para este título, que nada tiene que ver con el de la novela de Charles Exbrayat (¿Se acuerda usted de Paco?) en el que se basó su guión, bien pudo deberse a una estrategia comercial que pretendía aprovechar el éxito y el prestigio del largometraje de Dassin, sobre todo en su posible distribución en el mercado francés, ya que inicialmente iba a tratarse de una coproducción hispanofrancesa, y la presencia de los dos actores justificaría el rififi que relaciona el film de Franco con el Rififí original. Pero fuese esta u otra la explicación, en Memorias del tío Jess, el cineasta se refirió a su película como un homenaje a Orson Welles, aunque esta definición no la valora en su justa medida, ya que, aparte de la innegable influencia del responsable de Sed de mal (Touch of Evil, 1958), Rififí en la ciudad posee personalidad propia y originalidad dentro del cine policíaco español de la época, al abordar temáticas incómodas como la corrupción política, el engaño marital o el pesimismo que poco a poco arraiga en Miguel Morán (Fernando Fernán Gómez), el policía protagonista. Este personaje inicia su investigación convencido de vengar la muerte de Juan, su amigo y confidente, pero sin renegar de sus principios ético-profesionales, lo cual le depara enfrentarse en solitario al hampa y al sistema legal que entorpece su investigación. La buena reputación de Leprince (Jean Servais), su inminente elección para el senado y su dinero, lo han convertido en intocable, lo que supone una traba insalvable para el inspector, en quien se representan valores que no tienen cabida dentro del espacio por donde se mueve, lo cual lo convierte en un inocente que va comprendiendo la realidad a base de golpes, tanto físicos (brutal la paliza que recibe) como morales (su desengaño respecto a cuanto creía verdadero). En este aspecto destacan momentos tan logrados como la agresión que sufre a manos de los esbirros de Leprince, la lectura de la carta que le hace comprender que su vida no es más que un engaño o cuando, en la parte final, totalmente desencantado, toma la decisión que lleva implícita su sacrificio o quizá, desde su nueva perspectiva existencial, sea la única salida que le queda.
La actuación de Fernando Fernán Gómez destaca sobre el resto de personajes, aunque entre el público español no gustó, pues se esperaba un personaje más divertido de un actor que consideraban cómico porque les había hecho reír en numerosas ocasiones. Sin embargo, en la película su rostro y sus palabras no dan lugar para ni una sola nota de humor, que no tienen cabida en un devenir que significa su paulatino despertar a una realidad sombría, que nada tiene que ver con aquello en lo que él creía, por ello renuncia a su placa, pero no a su necesidad de ver destruido al criminal, ya no por vengar a su amigo, de quien descubre aspectos que le afectan de manera directa, sino por sí mismo, por luchar contra lo que Leprince representa. A raíz de todo cuanto se ha dicho, se comprende que el pesimismo domine Rififí en la ciudad, de igual modo que la corrupción y la mentira predominan en la ficticia ciudad centroamericana donde ni la inocencia ni el idealismo de Miguel encuentran hueco, lo cual implica que las bases que sustentaban su pensamiento (amistad, profesión, fe en el sistema o matrimonio) se vayan derrumbando a lo largo del metraje de una de las mejores películas de Jesús Franco.

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