jueves, 9 de julio de 2015

Siete ocasiones (1925)

¿Cómo actuaría si mi abuelo me legase una fortuna de siete millones de dólares con la única condición de contraer matrimonio antes de las siete del día de mi vigésimo cumpleaños? Ni idea, tuve esa edad y a mí nadie me planteó tal cuestión, pero sí a Jimmie Shannon (Buster Keaton), a quien le comunican la bancarrota de su negocio la misma jornada en la que cumple veintisiete años, la misma en la que un abogado (Snitz Edwards) se presenta ante él con la notificación de la herencia que recibirá siempre y cuando cumpla con el plazo impuesto por su abuelo. Jimmie no puede creer en su suerte, porque la buena nueva le permite declararse a Mary Jones (Ruth Dwyer), la joven a quien lleva varias estaciones cortejando sin atreverse a dar el paso decisivo, y aprovecha la ocasión para realizar su petición, pero también para confesar la noticia que provoca el malentendido y el rechazo de la chica. Triste, decepcionado y con una deuda monetaria que podría llevarlo a prisión, Jimmie se deja convencer por su amigo y socio (T.Roy Barnes) y se lanza a la consecución de una mujer que lo acepte como marido. Sin embargo, las siete candidatas que conoce lo desprecian sin miramientos, eso sí, ninguna es consciente de la fortuna que el pretendiente heredaría si alguna de ellas hiciese el noble sacrificio de contraer matrimonio con él. Hasta aquí Siete ocasiones (Seven Chances) se plantea como una comedia de enredo en la que se observa al genial Buster Keaton intentando olvidar a Mary, mientras esta comprende su error y envía a su criado con una nota para Jimmie, en la que escribe que no se case con nadie más que con ella. Pero la lentitud del emisario y el anuncio que informa de la situación y de la fortuna que el joven compartiría con quien se case con él, generan el caos que se produce en la iglesia donde el heredero descasa poco antes de que centenares de novias vestidas de blanco acudan en tropel a la caza del tesoro; aunque estas mismas candidatas a millonarias lo persiguan para lincharlo después de escuchar al sacerdote, que sorprendido dice que se trata de una broma. Desarrollado el escenario que se crea a raíz de la herencia, Keaton cambia por completo el ritmo de Siete ocasiones, dando rienda suelta al slapstick en estado puro que se observa en el constante movimiento de Jimmie, que sortea todo tipo de peligros para dejar atrás a sus pretendientes, convertidas en ese momento en cazadoras sedientas de la sangre de un personaje que semeja no alterarse más allá de las maniobras circenses que los obstáculos le obligan a realizar para llegar a tiempo a casa de su enamorada.

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