viernes, 17 de julio de 2015

La hija de Ryan (1970)

Aparte de un supuesto estudio objetivo, el arte conlleva la subjetividad de quien lo analiza, lo que provoca que algunas obras, aquellas que no encajan dentro de los parámetros establecidos por las modas o por quienes aseguran ser expertos en la materia, no se aprecien en su justa medida. Esta circunstancia se ha repetido con frecuencia en todos los medios artísticos, entre ellos el cine, lo que ha deparado injusticias que solo posteriores análisis (más complejos y detallados) han podido enmendar. Dentro del ámbito cinematográfico, películas como La hija de Ryan (Ryan's Daughter) recibieron las críticas de especialistas que no supieron desprenderse de esa supuesta objetividad, basada en conocimientos, pero también en limitaciones cognitivas y sensitivas que, a la postre, generaron el desprecio que parte de la prensa especializada de la época mostró hacia la que quizá sea la producción más personal de David Lean. Uno de los errores de la crítica a la hora de emitir su juicio residió en que no supo captar la belleza, la creatividad y los simbolismos que encierran las imágenes que dan forma a este largometraje nacido de la evolución de un cineasta que, desde sus inicios, se decantó por mostrar la interioridad de sus personajes y el deseo que todos ellos persiguen. Como había hecho en Breve encuentroAmigos apasionadosDoctor Zhivago, Lean expuso en La hija de Ryan un triángulo amoroso en el que sus vértices se enfrentan a un conflicto interno que, en este caso concreto, se desarrolla dentro de uno externo (la ocupación inglesa de Irlanda en el año 1916). Pero dicha interioridad se encuentra condicionada por la omnipresencia del paisaje físico, ya que la naturaleza (el mar, el viento, las rocas o la arena de la playa) domina la pantalla como si presagiará que la idea romántica de Rosy Ryan (Sylvia Miles) se encuentra a merced de fuerzas ajenas a ella misma, dando lugar a una realidad distinta a la imaginada antes de su matrimonio con el profesor Charles Shaughanessy (Robert Mitchum), su amor platónico desde niña. El paso del mundo infantil al adulto genera en Rosy la frustración que significa descubrir que su sueño o anhelo no puede cumplirse dentro de la cotidianidad que comparte con el maestro interpretado por Mitchum (un papel en las antípodas de los tipos duros que le dieron fama), ya que Charles no satisface ni las necesidades físicas ni emocionales de una mujer que calma su desesperación en brazos del mayor Doryan (Christopher Jones), alcanzando de ese modo un momento efímero de plenitud que se rompe cuando ambos comprenden que sus heridas internas no pueden curarse dentro de ese entorno marcado tanto por la naturaleza física como por la humana.

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