lunes, 20 de abril de 2015

Están vivos (1988)

Los protagonistas de los westerns con aspecto de fantástico o de thriller realizados por John Carpenter (Asalto a la comisaría del distrito 13, 1997: Rescate en Nueva York, Vampiros o Fantasmas de Marte) se muestran contrarios al orden establecido. Estos antihéroes van por libre y se apartan de una autoridad que rechazan, pero esta rebeldía conlleva su aislamiento social, que asumen como una consecuencia necesaria de su negativa a permanecer dentro de los cánones señalados por quienes ostentan el poder. En los dos protagonistas de Están vivos (They Live), Nada (Roddy Pepper) y Frank (Keith David), también prima la repulsa hacia el sistema, aunque no pueden escapar del entorno de profunda depresión económica y de férreo control que les afecta desde su necesidad inicial de integrarse hasta su rechazo definitivo, cuando Nada, gracias a unas gafas especiales, accede a la realidad de un mundo de consumismo, de órdenes ocultas, de enajenación y de control por parte de alienígenas que han minado la voluntad y la capacidad de decisión de la población humana, sumida en el letargo que le impide el acceso a la verdad. Similar a la reacción del hombre platónico de la caverna, el solitario antihéroe de Carpenter no puede dar crédito a las imágenes que le llegan al cerebro, acostumbrado a la falsedad en la que ha vivido y que se opone a cuanto observa a través de las lentes que lo alejan definitivamente del engaño. Como consecuencia de su despertar, este liberado de las sombras trata de convencer a Frank para que use los anteojos y contemple por sí mismo un mundo distinto de aquel al que creían pertenecer, pero antes se produce el interminable intercambio de golpes que supone el punto de inflexión en Están vivos. Tras la conclusión de la pelea entre los dos amigos, la crítica de las imágenes hacia el sistema controlador, que emplea los medios de comunicación para sus fines alienantes, da paso a la acción expeditiva, en la que se observa a la pareja de inadaptados dispuestos a desenmascarar a los manipuladores que, con el beneplácito de algunos humanos, pasan inadvertidos dentro de una sociedad inconsciente del consumo extremo y de la dependencia catódica que la aleja de la verdad que algunos no desean conocer, porque aceptar una mentira cómoda resulta más atractivo y sencillo que experimentar las incomodidades que conllevaría la comprensión de la realidad.

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