miércoles, 11 de febrero de 2015

Terciopelo azul (1986)

Dos años después de que Dune sufriera los tijeretazos en la sala de montaje, la indiferencia del público y el menosprecio de la crítica, David Lynch pudo realizar Terciopelo azul (Blue Velvet) desde la libertad creativa que Dino de Laurenttis le había prometido como parte del acuerdo de la adaptación a la pantalla de la novela de Frank Herbert. El resultado fue un film hipnótico, de ambiente enrarecido y onírico, al que Lynch dotó de una atractiva mezcla de fantasía e intriga, en la que los personajes semejan extraídos de la pesadilla que nace de la oscura realidad a la que accede Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan) a raíz de su encuentro con una oreja sin cuerpo, la misma que provoca su curiosidad y, como consecuencia, su ruptura con la cotidianidad en la que había vivido hasta entonces. Impulsado por su afán de conocer el misterio que encierra el cartílago sin dueño, Jeffrey inicia una serie de pesquisas con el fin de encontrar la explicación que sacie su curiosidad, pero lo que consigue es adentrarse en un submundo desconcertante e inquietante donde la depravación y la violencia ejercen cierto magnetismo sobre su persona, al tiempo que le desvela obsesiones escondidas y deseos ocultos bajo la apariencia modélica de su medio inicial (y su propio yo) y ajeno al sórdido ambiente donde conoce a la cantante Dorothy Vallens (Isabella Rossellini) y al sádico criminal Frank Booth (Dennis Hopper). Pero, aparte de ser una obra inclasificable, de gran fuerza visual y onírica (parece una pesadilla de la que Jeffrey despierta cuando contempla un gorrión que simboliza que todo va bien), a nivel personal y profesional, Terciopelo azul fue una película fundamental en el desarrollo del inconfundible universo cinematográfico de Lynch. En ella pudo asumir el control, lo que le permitió desarrollar las constantes que posteriormente emplearía en la serie Twin Peaks y en la práctica totalidad de sus films, que, al igual que este, presentan mundos extraños, así lo afirma Sandy (Laura Dern) respecto al mundo que obsesiona y transforma al joven detective aficionado, y lo opone al muchacho que es en su compañía, pues en ella se representa la inocencia y la serenidad del espacio luminoso que se contrapone al más carnal, oscuro y lascivo dominado por Frank, un espacio que despierta en Jeffrey inquietudes y deseos ocultos que desconocía, pero que surgen como consecuencia de su relación con Dorothy, atrapada y sometida a los deseos del criminal.

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