martes, 21 de octubre de 2014

Sabotaje (1942)

El movimiento es constante en las películas de espionaje de Alfred Hitchcock, de modo que en ellas es habitual encontrar a personajes obligados a trasladarse de un lugar a otro, persiguiendo un objetivo que descubren a medida que avanzan en su deambular como si fuesen marionetas en manos de un destino que juega con ellos. En esta situación se encuentran los protagonistas de 39 escalones, Enviado especialCon la muerte en los talones o Barry Keane (Robert Cummings), el falso culpable de Sabotaje, un individuo que guarda en común con aquellos el ser ajeno al ámbito de espionaje (un ambiente dominado por las falsas apariencias) en el que se encuentra atrapado como consecuencia de una situación que inicialmente no comprende, le desborda y lo convierte en la presa de los representantes de la ley y de aquellos que la han provocado. Antes del incendio en la fábrica de aviones donde trabajaba, Keane era un tipo corriente, pero a raíz del incidente se le acusa de saboteador, traidor y asesino; una imagen adulterada que pasa por verdadera y que implica que su vida penda de un hilo y de su inseguro recorrido desde Los Ángeles a Nueva York, pasando por la pequeña localidad de Soda City. Convertido en falso culpable, el fugitivo descubre que tras la respetabilidad de hombres y mujeres de la alta sociedad se esconde el rostro de los culpables de los hechos de los que le acusan las autoridades. En este punto se encuentra otra de las constantes del cineasta británico: las falsas apariencias que pasan por reales, no la de su "víctima inocente" sino la de aquellos que se ocultan y protegen detrás de fachadas respetables como la del diplomático de Enviado especial, la del antagonista de Encadenados o los espías contra quienes se enfrenta Keane. A medida que se adapta a su nueva circunstancia existencial, Keane deja de comportarse como una víctima y acepta su papel en el juego, decisión que le permite sobrevivir y posteriormente comprender en toda su magnitud la trama que descubre cuando acude a la fiesta solidaria que se celebra en la mansión de la señora Sutton (Alma Kruger). En ese instante, similar a la escena de la subasta de Con la muerte en los talones, Keane intenta llamar la atención de los presentes tanto para salvar su vida como para desenmascarar a los artífices del sabotaje. Como en otras películas de espías de Hitchcock, también se desarrolla un romance paralelo a la intriga de espionaje, aunque en el cine del británico las relaciones sentimentales suelen complicarse desde el primer momento, de ahí que Pat (Priscilla Lane) asuma como reales las acusaciones difundidas por los medios, lo cual conlleva el rechazo que evidencia cuando se conocen en casa del tío de la joven y que desaparece durante el periplo que comparte con el supuesto traidor, ya sea en el desierto o durante su estancia con la troupe circense que les oculta de la policía. Pero este acercamiento se interrumpe cuando Keane se ve obligado a asumir la identidad del saboteador para acceder al entorno de mentiras y engaños, en apariencia elegante, amable y generoso, que conspira en la sombra a favor de un totalitarismo similar al que por aquel entonces amenazaba a medio mundo; y aquí, el cineasta aprovechó para emitir un discurso antitotalitario que también se descubre en otras de sus películas de la época.

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