jueves, 30 de octubre de 2014

Rebelión (1967)

El realizador Masaki Kobayashi debutó en la dirección en 1952 con La juventud del hijo (Musuko no seishon,1952), aunque sus mayores aportaciones al séptimo arte llegaron a partir de la monumental trilogía La condición humana (Ningen no jôken, 1959-1961), a la que siguieron otras obras maestras como Harakiri (Seppuku, 1962), El más allá (Kaidan, 1964) o esta trágica historia coproducida y protagonizada por Toshiro Mifune, cuatro joyas cinematográficas que lo posicionan entre los grandes directores del cine japonés. En Rebelión (Jôi-uchi: Hairyô tsuma shimatsu), el responsable de Río negro (Kuroi kawa, 1957) expuso, al igual que había hecho cinco años antes en Harakiri, el sinsentido de un sistema feudal que denigra a los individuos, al impedirles asumir decisiones propias y obligarlos a acatar los caprichos de aquellos a quienes, según la tradición y las leyes, deben lealtad. Esta situación se descubre a través de la familia Sasahara y su relación con el daimyo del clan al que pertenecen, en un periodo (1727) durante el cual los grandes señores rigen los destinos de sus vasallos, entre quienes se cuenta Isaburo Sasahara (Toshiro Mifune), un samurái sometido desde siempre al orden social que, en el presente, obliga a Yogoro (Go Kato), su primogénito, a casarse con la dama Ichi (Yoko Tsukasa), otra víctima más de un sistema autoritario que la ha convertido, en contra de su voluntad, en la amante de Lord Matsudaira (Tatsuo Matsumoto), quien posteriormente la ofrece en matrimonio a los Sasahara. Suga (Michio Otsuka), la esposa de Isaburo, no ve con buenos ojos que su hijo se una a alguien que considera indigna por haber agredido al noble, sin plantearse los motivos que la condujeron a ello; por su parte, el cabeza de familia también muestra su malestar, aunque al contrario que su mujer no juzga el comportamiento de Ichi y sí la petición (mandato) del Lord, que obliga a su vástago a asumir un compromiso que le impide elegir y por lo tanto le denigra como persona. No obstante, Yogoro accede por el bien de los suyos (desobedecer un deseo del daimyo es una deshonra que implica un castigo) y no tarda en afianzar una relación amorosa con Ichi que despierta la admiración y el respeto de Isaburo (en ellos observa la felicidad que a él se le ha negado). Durante un breve periodo Kobayashi mostró la confianza y el amor que une a la pareja, así como la sensación de plenitud y de júbilo que invade al patriarca al observarlos, pero esta armonía se rompe cuando el hijo legítimo del señor del clan fallece y aquel reclama la presencia en palacio de Ichi, para que asuma el cuidado del nuevo heredero del feudo, una decisión que implica apartarla de cuanto ha construido al lado de Yogoro y que el trío protagonista califica como caprichosa y cruel, por lo que asumen rebelarse conscientes de que su lucha contra la intolerancia y el falso honor que crítica Rebelión conlleva pérdida, pero también la posibilidad de elegir.

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