martes, 30 de septiembre de 2014

Quiero la cabeza de Alfredo García (1974)

La manipulación sufrida por Pat Garret & Billy the Kid (1973) significó una nueva desilusión artística para Sam Peckinpah, quien, desencantado ante la mutilación de la que consideraba su mejor trabajo, decidió trasladarse a México (país al que le unía una estrecha relación) donde pudo rodar la que posiblemente sea su película más violenta, y en ciertos aspectos la que mejor define sus inquietudes y su estilo narrativo-visual. Desde una puesta en escena que combina elementos de las road movies, del western y del thriller, Quiero la cabeza de Alfredo García (Bring Me the Head of Alfredo Garcia, 1974) descubre a un perdedor desarraigado a la espera de su oportunidad para dejar de serlo. Sin embargo Bennie (Warren Oates), estadounidense afincado en tierras mexicanas, nunca podrá ganar a pesar de su esforzado deambular por la árida y polvorienta carretera por donde avanza en compañía de Elita (Isela Vega), la mujer de quien se enamora y que resulta ser el único personaje de relevancia que presenta una serie de valores inexistentes en el resto de quienes transitan por ese espacio, sucio y decadente, al que se accede tras escuchar como un cacique (Emilio Fernández) ofrece un millón de dólares por la cabeza de aquel que ha dejado embarazada a su hija. A partir de ahí, se inicia la busca y captura de quien Bennie, a través de la información que le proporciona Elita, sabe muerto y enterrado en su pueblo natal. Este hecho, que el estadounidense oculta a los asesinos que acuerdan entregarle diez mil dólares por la cabeza de Alfredo García, podría significar un cambio en su suerte, por eso avanza en compañía de Elita (ella sabe donde está enterrado aquel que fue su amante) en busca del premio que les permitiría iniciar una vida en común, lejos de la sombra negativa que parece perseguirles antes y durante el recorrido de violencia y muerte. Estas dos constantes alcanzan a la mujer poco después de que Bennie profane la tumba de Alfredo, cuando los dos sicarios que les han estado siguiendo desde el inicio del viaje los entierran vivos; pero el desheredado sobrevive, aunque el Bennie que sale de la tierra no es el mismo que ha llegado hasta allí, porque en ese instante de pérdida, de dolor y de renacer comprende que nada le queda y que nada de lo hecho ha valido la pena. Su transformación, tanto de pensamiento como de intenciones, le convierte en un ser desquiciado que no duda en perseguir a los criminales que se han apoderado de la cabeza de García y que él recupera antes de embarcarse en su compañía en una cruzada en la que todo carece de importancia, salvo la venganza que le redima por la muerte de ese ser querido asesinado por su ambición y la de quienes, como él, desean el trofeo en descomposición que él convierte en el centro de sus celos y frustraciones, como si quisiera hacerle testigo de la desesperación y locura que provocan la espiral de muertes que cierra una de las películas más brillantes y líricas de Peckinpah, en la que la explosión de violencia no es un capricho artificioso, sino parte inherente del paisaje por donde ha trascurrido un viaje hacia ninguna parte, durante el cual la fatalidad se adueña del destino de ese hombre a quien ya no le importa morir, consciente de su muerte en vida.

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