miércoles, 12 de marzo de 2014

Johnny cogió su fusil (1971)

Allá por la década de 1960, Luis Buñuel le comentó al autor de Johnny cogió su fusil su buena disposición para adaptar dicho título, pero, tras trabajar en la adaptación, esta quedó en nada y Dalton Trumbo tuvo que esperar varios años para trasladar a la pantalla la novela que había escrito en 1938, una de las narraciones pacifistas más impactantes del siglo XX. Así pues, Trumbo decidió ser él quien llevase la historia de Joe a la pantalla, y de ese modo, en 1971, Johnny cogió su fusil (Johnny Got His Gun) se convirtió en el único largometraje dirigido por este reputado guionista, que durante años fue perseguido por el Comité de Actividades Antiamericanas. Johnny cogió su fusil se estrenó en pleno desarrollo de una contienda armada que robaba las vidas de los miles de jóvenes que se vieron obligados a luchar en ella; esta circunstancia se convirtió en parte fundamental del discurso cinematográfico expuesto por Trumbo, el cual se posicionó contrario a cualquier conflicto bélico y a su consecuencia más inmediata, la de mermar de un plumazo a las generaciones de combatientes forzosos. En su exposición, tanto literaria como cinematográfica, queda claro el pensamiento comprometido, crítico, liberal y pacifista del autor, a quien durante la época de la caza de brujas se le tildó de comunista, aunque él se negó a testificar ante la comisión que se encargaba de tan extraña investigación, negativa que le acarreó graves consecuencias tanto personales como profesionales. Encarcelado durante meses, y posteriormente exiliado en México, Trumbo continuó ligado al mundo del cine firmando sus escritos bajo seudónimos o a través de terceros, ya que su nombre se encontraba en las listas negras de Hollywood. Entre aquellos guiones escritos por él, pero no reconocidos por muchos, se encontraban el de Vacaciones en Roma (William Wyler, 1953) y el de El bravo (Irving Rapper, 1956), por los que no fue premiado con el Oscar al mejor argumento con los que se alzaron sendas producciones; muchos años después, en 1975 y en 1983 (tras siete años de su fallecimiento), la academia reconoció su autoría, pero el mal ya estaba hecho. Fue en 1960, en los títulos de crédito de Espartaco, cuando de nuevo su nombre reapareció en las pantallas, dando por finalizado el ostracismo, la intolerancia y la persecución de la que fue víctima. Pero de vuelta a Johnny cogió su fusil, se escucha en un momento puntual de la película como alguien afirma que el ejército hace hombres, y sin embargo se comprende todo lo contrario, pues vista la situación y las imágenes se confirma que las guerras los destruye, los mutila o los sacrifica como sucede con Joe (Timothy Bottoms), el joven protagonista a quien se le impuso los intereses de terceros en detrimento de algo tan tangible y hermoso como su propia vida. Joe fue reclutado para combatir en la Gran Guerra europea, de tal manera, fue alejado de su hogar, de sus seres queridos y de un presente que podría haberle proporcionado un futuro que ya nunca podrá ver, oír o saborear. Desde el primer momento se sabe que Joe solo es tronco y cerebro, aunque en el pasado, que en su mente se mezcla con sueños y pesadillas, fue un hombre pleno. La guerra lo ha mutilado, no solo físicamente, como delata la ausencia de piernas, brazos, nariz, ojos, oídos o boca, sino que le ha amputado su condición humana, por la que lucha en la sombría sala donde oficiales y doctores piensan en él como en un ente que nada siente y que puede ser estudiado (y ocultado) para beneficio de futuros conflictos armados. No obstante, el espectador tiene acceso a la conciencia del convaleciente y con ella a su paulatina comprensión de ser un muerto entre los vivos y un vivo entre los muertos, a quien se le niega tanto la existencia como el no ser, porque quienes le han condenado se muestran incapaces de asumir que la vida fluye en su interioridad y grita por salir. Desde el pensamiento del sacrificado, además de acceder a su pasado y a su presente, se descubre la decepción que significa que todo cuanto ha perdido se debe a la ambigüedad de palabras que fueron empleadas según los intereses de aquellos que impidieron que ejerciese su elección de decir no a la guerra, prefiero la vida y no la condena de un terrible aislamiento del mundo, atrapado en este cuerpo y en esta oscura habitación donde no puedo comunicarme, ni sentir la brisa del aire en primavera, ni formar parte de una vida que continúa fuera de este cerebro que se ha convertido en mi tumba y en mi única esperanza para poder salir.

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