jueves, 13 de febrero de 2014

Don Camilo (1952)

Finalizada la Segunda Guerra Mundial algunos de los países implicados vieron como la ansiada democracia se imponía dentro de sus fronteras, y con ella la posibilidad de ejercer el derecho al voto en unas elecciones libres y cuyos resultados, como de costumbre, no serían del gusto de todos. En este entorno de posguerra, dominado por la carestía y la reconstrucción, se descubre que en una pequeña localidad del norte de Italia el sufragio universal acaba de otorgar la soberanía del pueblo al partido comunista liderado por Peppone (Gino Cervi), algo que naturalmente disgusta al párroco local, conocido por todos como don Camilo (Fernandel). Pero la contrariedad del sacerdote no proviene de sus ideas políticas ni de sus creencias religiosas, sino de la eterna rivalidad que le distancia y une a su vecino comunista, un tira y afloja tras el que se esconde una amistad que no pueden disimular a pesar de sus continuos enfrentamientos, que en ocasiones sobrepasan la dialéctica política o teológica para convertirse en asuntos pugilísticos. Como se comprende desde su primera intervención, el bueno de don Camilo no representa la imagen de cura ortodoxo, quizá porque se le observa beligerante o porque poco después se muestra dialogante, aunque ésto solo con la figura del Cristo que le reprocha su comportamiento en la iglesia. A este icono le comenta sus inquietudes, incluso le hace participe de sus protestas, pero intenta esconderle las artimañas que emplea para desprestigiar a su eterno oponente, como éste también hace con él, aunque con la desventaja de no saber escribir correctamente, y ésto le acarrea algún que otro quebranto debido a su condición de alcalde. En el pueblo filmado por Julien Duvivier se descubren aspectos reales de la posguerra como el hambre o el enfrentamiento entre clases, siendo este último el que marca la cotidianidad en la que viven ambos amigos, y con ellos sus respectivos bandos, aparentemente irreconciliables. Sin embargo con la relación amorosa que surge entre Gina (Vera Talchi), joven de familia conservadora, y Mariolino (Franco Interlenghi), militante del partido en el poder, se demuestra que ambas facciones pueden convivir en un mismo espacio, y además, si se trata de ayudar a dos jóvenes enamorados, los dos enemigos se ponen de acuerdo, aunque sin olvidar sus pequeñas y grandes disputas, nacidas de la tradición o costumbres, de ideas preconcebidas o simplemente de la satisfacción que les proporciona el pelearse cada día. Pero por muchas peleas que mantengan, son conscientes de que su unión se encuentra por encima de las ideologías que representan y que, como ellos, tratan de limar asperezas en un campo de fútbol donde la tendencia sería la de acabar en medio de una batalla campal antes de perseguir al árbitro que ha sobornado el alcalde, porque su oferta fue superior a la realizada por un religioso fuera de sí, ya que si algo tiene el bueno de don Camilo es su mal perder en el juego que se trae con el honorable Peppone.

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