jueves, 27 de febrero de 2014

Asesinato en el Orient Express (1974)

En cualquier ámbito artístico se descubre que las obras que lo componen suelen ser valoradas desde dos perspectivas, una que se presupone profesional y otra más cercana al público, que vendría marcada por sus conocimientos y otros aspectos condicionados por gustos, modas o por las sensaciones y emociones que aquello que ve, lee o escucha generan en él, lo cual acaba por definir lo que gusta y lo que no. Pero dichas circunstancias, en muchos casos ajenas a la calidad intrínseca de la obra, no impiden cuestionar los defectos (o aciertos) tangibles que se descubren en los trabajos de autores tan populares como Agatha Christie, cuya narrativa presenta cierta incoherencia entre la calidad que ofrecen sus relatos de misterio y la popularidad alcanzada por los mismos, primero entre el lector y posteriormente entre el espectador cinematográfico o televisivo, gracias a las numerosas producciones que se inspiraron en ellos. Siguiendo el hilo de gustos, influencias, conocimientos, ignorancias o inquietudes, resulta más estimulante ver Testigo de Cargo (Billly Wilder, 1957), la mejor de las adaptaciones de una de sus historias, que leer el relato que la inspiró. Aunque esto, como todo lo relacionado con ámbitos artísticos, no deja de ser una cuestión de índole personal, como también lo sería decir cuál es la mejor adaptación cinematográfica de las historias de la escritora británica, pues existen muchas otras entre las que se cuentan Diez negritos (René Clair, 1945), Muerte en el Nilo (John Guillermin, 1978), la serie de películas dirigidas por George Pollock, en las que Margareth Rutherford encarnó a la señorita Marple, o esta irregular propuesta rodada por Sidney Lumet y protagonizada por un elenco repleto de rostros conocidos, entre quienes se descubre a Ingrid Bergman, Lauren Bacall, Sean Connery, Richard Widmark o Albert Finney, que fue el actor encargado de dar vida a Hercule Poirot, el detective belga que, entre otros misterios, resuelve el asesinato de uno de los pasajeros del Orient Express. Pero antes de que Lumet presente a su investigador, la trama se inicia con la noticia del secuestro de una niña de la alta sociedad estadounidense que no tarda en aparecer asesinada, tragedia que conlleva otras cuatro muertes. Este prefacio, que se desarrolla cinco años antes del viaje del Orient Express, se convierte en parte fundamental de la intriga que se desata en el tren, donde todos los pasajeros conocen la reputación de Poirot, motivo que convence a la futura víctima (Richard Widmark) para pedirle que acepte ser su guardaespaldas, obviamente, más que por su inexistente fiereza física, por su sobrada y reconocida lógica deductiva. Pero este peculiar detective rechaza el empleo, y se encierra en su compartimento donde se retoca el bigote y se coloca una redecilla sobre su cabello para que proteja su exquisito peinado durante las horas de descanso. Sin embargo, durante la noche, le resulta complicado conciliar el sueño, pues escucha ruidos extraños que entorpecen su acceso al mundo onírico, aunque finalmente cae rendido por el cansancio y no despierta hasta la mañana siguiente, cuando en el tren se descubre un cadáver acuchillado en doce ocasiones. El crimen es un misterio, pero también un asunto delicado para la compañía, por ello el responsable de la línea (Martin Balsam) se ve en la obligación de pedir a su amigo Poirot que se encargue de la investigación, la cual se lleva a cabo mientras el tren se encuentra detenido como consecuencia de la nieve que se acumula sobre la vía. A pesar de que Asesinato en el Orient Express (Murder on the Orient Express) se presenta como una intriga, esta resulta sencilla de imaginar, al observar al remilgado y pretencioso investigador recopilando pruebas e interrogando a los pasajeros, que ocultan cuestiones que no pasan por alto ni para el espectador (a esas alturas probablemente desinteresado de la trama) ni para el sesudo detective, que finalmente encuentra dos posibles explicaciones para el crimen: una simple, la que todos quieren hacerle creer, y otra más compleja, aquella que le presenta el dilema moral de dar por justa la unidad juez, jurado y verdugo.

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