jueves, 30 de enero de 2014

Más extraño que la ficción (2006)

En Niebla, escrita en 1914, Unamuno se desmarcó de estilos y patrones narrativos para introducirse en su relato y confrontarse con su personaje, que se ve sorprendido por el inesperado encuentro con un creador que le niega la existencia y le genera dudas hasta ese instante impensables. Similar en ciertos aspectos, aunque desde una perspectiva menos reflexiva y más cómica, en Más extraño que la ficción (Stranger than Fiction) se descubre a una narradora omnisciente que se introduce en la vida de Harold Crick (Will Ferrell) para describir la rutina de quien no puede evitar la sorpresa, la desorientación y el miedo que le produce escuchar una voz en off que se cuela en su cotidianidad para detallar cuanto hace. Harold no tarda en oír como la descriptora anuncia su inminente muerte, la misma que no desea y hacia la cual parece ser guiado. La perplejidad y el miedo se apoderan del cuadriculado inspector de hacienda, pero estas emociones son ajenas a Karen Eiffel (Emma Thompson), quien, sin saberlo, ha entrado en contacto directo con la cotidianidad de un personaje que resulta ser de carne y hueso, y que nada sabe de la incapacidad de la autora para dar con una muerte novelesca que satisfaga sus inquietudes literarias. Como consecuencia de su imposibilidad se comprende que Karen, además de fumadora compulsiva, es una escritora que atraviesa por una aguda crisis creativa y también existencial que ya dura diez años, y que afecta directamente a ese individuo que se niega a sucumbir a la intención de quien cree haberlo escrito, descrito y creado. Para la novelista la muerte de Harold no deja de ser algo aceptable dentro de su profesión, ya que supuestamente se trata de un personaje que ha cobrado vida en su mente, y por lo tanto en ese mismo espacio generador de ideas debe encontrar su fin, algo que el hombre real no está dispuesto a aceptar al ser consciente de que posee una existencia propia, aunque ésta se encuentre programada para realizar una y otra vez los mismos rituales que confirman que se trata de un individuo anodino y solitario que ve como su tiempo pasa sin más. Pero, tras escuchar las extrañas palabras que anuncian su fin, la víctima cae en la cuenta de que quiere vivir, y para ello busca ayuda profesional, y la acaba encontrando en un profesor de literatura (Dustin Hoffman) que intenta comprender si el necesitado vive inmerso en una narración cómica o trágica, algo que se antoja de suma importancia, pues de ello depende tanto el final del relato como el del protagonista, que a esas alturas de la película ya ha aceptado la presencia de la intrusa dentro de su cotidianidad. De ese modo el contable asume que no controla su destino, el cual parece estar en manos de ese demiurgo femenino que busca su muerte, pero que al mismo tiempo también le despierta de su letargo y lo impulsa a recuperar los pequeños sueños que se fueron quedando por el camino, a medida que su aceptación-sumisión creaba la monotonía que eliminó la posibilidad de hacerlos reales. Aquellas cuestiones, sin importancia aparente, son las que habrían dado sentido a la vida de este personaje, atrapado entre la ficción y la realidad, que asume la fugacidad del momento y acepta su existencia finita, lo que le posibilita apartarse de la falsa idea de control (que lo ha mantenido controlado) y descubrir que aún no es demasiado tarde para tomar sus propias decisiones, porque, al fin y al cabo, en la capacidad de elegir reside una de las principales diferencias entre el ser real (que pretende ser) y aquel que, sin opción a escoger, ha nacido predestinado a vivir y morir en las páginas de una novela en la que alguien escoge por él.

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