jueves, 9 de enero de 2014

Fitzcarraldo (1982)

Algunos de los sueños que guían los actos humanos escapan a la comprensión de quienes son ajenos a ellos, sin embargo, para aquellos que los poseen, éstos se convierten en una necesidad que puede llegar a convertirse en la obsesión que les conduce hacia su derrota existencial. Fitzcarraldo (Klaus Kinski), inspirado en el personaje real Brian Sweeny Fitzgerald, como otros personajes de la fructífera y tortuosa relación profesional entre Werner Herzog y Kinski, es uno de esos seres obsesionados con una idea, la misma que lo impulsa a realizar acciones poco comunes, como sería su intención de construir un teatro donde poder disfrutar de representaciones de ópera. Hasta aquí su intención no parece descabellada, pero en el corazón de la selva amazónica del siglo XIX la ópera poco importa a los oriundos del lugar o a los occidentales que se han instalado en las orillas del río para enriquecerse con el caucho. A pesar del materialismo que le rodea y de la cultura indígena que ni comprende ni desea comprender, Fitzcarraldo no desiste en su empeño de levantar ese espacio físico donde algún día podría actuar su admirado Caruso. No obstante, este soñador obsesivo e impulsivo perdió su fortuna tiempo atrás, persiguiendo otra quimera que consistía en construir una línea de ferrocarril en los Andes. Pero sin blanca, necesita conseguir el capital para materializar su ambición musical, y para ello pretende embarcarse en otra de sus visiones imposibles, que pasa por adquirir el barco que compra gracias a la ayuda económica de Molly (Claudia Cardinale), la única persona que, a parte de sí mismo, parece creer en él. Durante esta primera mitad de Fitzcarraldo se dibuja a la perfección al personaje, obsesionado con su anhelo, y al entorno donde vive, y donde se enfrentan dos culturas que nada tienen que ver entre sí, iniciándose una segunda cuando el barco zarpa río arriba hacia un destino que nadie, salvo el visionario, conoce. El recorrido por el río y la selva que lo envuelve se convierte en el seguimiento de las labores de una embarcación que se adentra en el territorio de los Jíbaros, cuya sola mención asusta a la tripulación hasta el extremo de abandonar al occidental y a los tres hombres que permanecen a su lado en ese espacio inhóspito donde se agudiza la locura que guía su conquista de lo imposible. Esta segunda mitad se desarrolla a lo largo del viaje fluvial en pos de un sueño que implica sacrificios que la cámara de Herzog muestra en toda su crudeza, desde una perspectiva casi documental, lo que permite observar entre otras cuestiones el arduo e inútil trabajo que significa transportar la embarcación por una montaña para así evitar los rápidos que impiden el paso del barco de vapor de un afluente a otro. Una crudeza similar al viaje del obsesivo sería el rodaje de la propia película, que resultó un cúmulo de dificultades a superar, aunque finalmente se estrenó con gran aceptación entre la crítica y con la recompensa para Werner Herzog del premio al mejor director en el festival de Cannes, aunque en su conjunto Fitzcarraldo resulta excesiva e irregular.

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