lunes, 25 de noviembre de 2013

Los jueves, milagro (1957)

Aunque en la España de la dictadura franquista no existió un movimiento cinematográfico de carácter realista ni social, sí hubo directores y guionistas que agudizaron el ingenio para mostrar parte de los defectos de una sociedad dominada por la carestía, la religiosidad y por una ideología nada proclive a permitir que sus miserias saliesen a relucir en la pantalla. Sin embargo, la censura no supo o no pudo impedir que cineastas como Luis García Berlanga afinasen su puntería crítica en comedias en las que satirizaron la realidad de un país marcado por la ignorancia y anclado en un pasado que lo encerraba en sí mismo e imposibilitaba su evolución. Dentro de este marco espacio-temporal, donde confluyen tradición, doble moralidad, humor y picaresca, se descubre a los representantes de las fuerzas vivas de Fontecilla, antaño localidad orgullosa de sus aguas medicinales, pero en el presente de Los jueves, milagro desolada ante la falta de visitantes. Esta precaria situación afecta a la economía de los vecinos más influyentes del lugar, que, conscientes de la inutilidad de rezar a la espera de que se produzca un milagro, deciden inventarse uno que atraiga a los turistas y, sobre todo, al dinero que guardan en sus bolsillos, porque, al fin y al cabo, eso es lo que persiguen los honrados pilares de un pequeño pueblo que por momentos recuerda al de ¡Bienvenido, Mister Marshall!. Aunque en Fontecilla no hay espacio para la ilusión común que en aquella genera la inminente la llegada de los norteamericanos, porque los impulsores del "milagro" han caído en la cuenta de que los males no se curan por la intervención de fuerzas externas o celestiales, sino por el empleo de su inventiva y de la credulidad que observan en sus vecinos, tan ilusos como aquellos inocentes que quisieron ver en el señor Marshall y en su plan económico a una especie de Reyes Magos. En este aspecto el cine de Berlanga muestra una evolución en sus protagonistas, ya que en Los jueves, milagro estos se deciden a engañar porque prefieren llenar sus carteras con algo más eficaz y tangible que los sueños, lo que desvela su ambigüedad moral y la de los estamentos que representan. Convencidos de que su treta reavivará sus maltrechas economías, necesitan un santo que se aparezca ante algún mentecato que anuncie la iluminación al resto de vecinos. Por ello, a falta de uno real y debido a su parecido con la estatua de San Dimas, deciden que sea don José (José Isbert) quien se caracterice de aquel buen ladrón crucificado al lado de Jesús. Al menos don José puede protestar por su papel en la farsa, algo que a Mauro (Manuel Alexandre) se le niega porque él es el inocente testigo de la aparición del santo, ejecutada con todo tipo de detalles pirotécnicos y musicales. Tras el encuentro, el pobre desgraciado corre por las calles, pregonando a gritos su suerte, aunque la mayoría se muestra reticente a creer en sus palabras. Y ante tanto incrédulo, al sexteto no le queda otra que realizar una segunda aparición, que provoca el aumento considerable en el número de creyentes y el enfado del cura del pueblo (José Luis López Vázquez), que resulta ser el único que niega la posibilidad de un milagro. Pero todos los esfuerzos llevados a cabo por los hombres más respetados e importantes del pueblo se vienen abajo cuando en el lugar de los hechos se materializa un desconocido (Richard Basehart) que huye de la guardia civil. Martino, así dice llamarse este buen ladrón, tantea a cada uno de los implicados en el engaño, a quienes asusta por su perfecto conocimiento de los hechos, aunque pronto los calma al proponer un trato que no tarda en desconcertar a esos seis tunantes que pretendían aprovecharse de la ignorancia, necesidades y creencias que mueven a las masas hasta las milagrosas aguas de Fontecilla.

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