miércoles, 27 de noviembre de 2013

El número 17 (1932)

Alfred Hitchcock se refirió a El número 17 (Number Seventeen) como un desastre, sin embargo esta afirmación, recogida en las entrevistas que mantuvo con François Truffaut, puede resultar algo exagerada. Si bien queda patente que El número 17 no se encuentra entre sus mejores trabajos británicos (El hombre que sabía demasiado, 39 escalones o Alarma en el expreso), sí contiene momentos destacados como sería su parte final, cuando la acción abandona el sombrío caserón donde transcurre la mayor parte de la trama y se lanza a una vertiginosa persecución, en la que se observan las maquetas de un tren, donde viajan los supuestos ladrones, y la del autobús que el héroe se agencia para perseguirlos. Además, y a pesar de que a Hitchcock no le faltase razón al criticar su puesta en escena, esta destaca por su desarrollo cronológico, delimitado en un tiempo que encaja con la duración del metraje. En poco más de una hora real para el espectador y para los personajes, estos se reúnen alrededor de las once de la noche entre las sombras de la vivienda para dar rienda suelta a la intriga, embrollada e irregular, y a la comedia, que prevalece sobre el suspense que se inicia cuando se produce el encuentro entre Ben (Leon M.Lion) y el hombre (John Stuart) que le descubre al lado de un cadáver. En Ben, un infeliz que busca cobijo en el interior del edificio, recae la comicidad, ya que en todo momento se le muestra como un pícaro que intenta convencer a su acompañante de que él nada tiene que ver con la muerte del policía, cuyo cuerpo no tarda en desaparecer. Mientras, su acompañante, que se mantiene en el anonimato, se comporta como si fuese un investigador que no ha llegado por casualidad a ese espacio dominado por la oscuridad, al que posteriormente acceden otros individuos. Con la aparición de una joven (Ann Casson) se desvelan algunos aspectos de la trama, ya que afirma ser la hija de un inspector de policía que se citó en ese mismo lugar con el famoso detective Burton, pues entre ambos pretendían resolver un caso relacionado con un collar de diamantes robado. A partir de ese instante la intriga, en su intento por crear un suspense que nunca llega a funcionar por completo, se vuelve confusa; sin embargo, si se deja a un lado que El número 17 fue realizada por un maestro del género, se puede disfrutar sin complejos y sin caer en comparaciones que resaltarían los defectos de esta entretenida propuesta anterior al mejor Hitchcock.

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