jueves, 24 de octubre de 2013

Me siento rejuvenecer (1952)

Si John Wayne fue la imagen del tipo duro en cuatro de los cinco westerns realizados por Howard Hawks, Cary Grant fue el actor que dio vida a cuatro de las cinco víctimas masculinas de sus dinámicas y divertidas screwball comedies dirigidas entre 1938 y 1952. En ellas, como en la mayoría de sus producciones, el director intervino en el desarrollo de los guiones, que en el caso concreto de Me siento rejuvenecer (Monkey Business) fue firmado por Charles Lederer Ben Hecht, dos habituales de su cine, y por I.A.L.Diamond, anterior a su fructífera asociación con Billy Wilder, quien a su vez había colaborado con Hawks en Bola de fuego. Esta constante de interferir o intervenir aportando ideas y cambios en los textos refleja el interés autoral de Hawks al tiempo que permite comprender la presencia de similitudes entre personajes y situaciones desarrolladas en las diferentes tramas. Sin embargo, Me siento rejuvenecer (Monkey Business) difiere del resto de enredos hawksianos al presentar desde su inicio a una pareja felizmente casada, inconsciente de que su monotonía se encuentra a punto de sufrir los efectos de una sustancia que les rejuvenece y les libera de condicionantes sociales asumidos con el paso de los años. A pesar de ser una de sus mejores comedias, quizá la más moderna y arriesgada, Hawks no se mostró demasiado satisfecho con el resultado final; opinaba que la película poseía un tono demasiado fantasioso que imposibilitaba la comicidad dominante en sus otras comedias, sin embargo la combinación de fantasía y comicidad resulta acertada, ya que permite el ritmo desenfadado que se produce cada vez que los efectos de la droga se dejan notar en el comportamiento de la pareja protagonista. Barnaby (Cary Grant) y Edwina (Ginger Rogers) Felton forman un feliz matrimonio, aunque, en el momento en el que arranca el film, la mente del esposo se encuentra ocupada por su último experimento, con el que pretende crear un producto que remedie los achaques de la edad. De conseguirlo haría realidad una de las dos quimeras más soñadas por la humanidad desde el principio de los tiempos: la eterna juventud. Sus evidentes beneficios impedirían el deterioro físico o la pérdida de la vitalidad que el señor Oxley (Charles Coburn) se muestra ansioso por recuperar; pero las pruebas no marchan como Felton desea, así que continúa mezclando sustancias sin detenerse a pensar en que muchos de los descubrimientos surgen accidentalmente. Para ello es fundamental la intervención de uno de los chimpacés que emplea como cobaya, que combina las muestras y posteriormente vacía la disolución en el depósito de agua. Dicha situación pasa desapercibida para el científico, hecho que le lleva al error de creer en el éxito de su fórmula tras la ingestión del brebaje y de un vaso de agua del recipiente, ya que al instante comprueba que ni su comportamiento ni sus aptitudes son las de minutos atrás. Ahora se siente desinhibido, pletórico, como un joven de veinte años, igual de alocado, y como tal se lanza a una jornada de desenfreno abordo del flamante deportivo que se compra condicionado por su nueva edad, la misma que le decide a flirtear con la secretaria del señor Oxley (Marilyn Monroe), a quien hasta ese instante nunca había mirado como mujer. En la sucesión de imágenes del nuevo químico se confirma que los momentos de mayor comicidad se generan a partir de los incontrolables efectos de la sustancia, que desaparecen cuando despierta en su laboratorio, donde también se encuentra su mujer. La intención del científico anuncia una segunda prueba, aunque Edwina, para protegerle, toma el relevo y se suministra un vaso de agua tras el consumo de la droga elaborada por su esposo. En ese instante se produce la transformación de Edwina, quien pasa de ser una mujer comprensiva y responsable a una Jekyll quinceañera que arrastra a su marido a una noche alocada, durante la cual el químico se convierte en la víctima de situaciones humillantes que le acercan a los personajes de La fiera de mi niña o La novia era él. Recuperada del ataque, Edwina asume los errores de su inestable (y reprimido) comportamiento nocturno, sin embargo, éste provoca que Barnaby se plantee la posibilidad de que su esposa sienta cierta aversión hacia él y una ligera atracción por Hank Entwhistle (Hugh Marlowe), siempre a la espera de su oportunidad para conquistar a la señora Felton. Pero, una vez más, las víctimas caen en manos del brebaje que les libera de ataduras y condicionamientos asumidos por la edad, y de ese modo se convierten en adultos de diez años que pierden cualquier tipo de inhibición cuando se presentan ante el consejo presidido por Oxley, momento en el que la situación cómica alcanza su climax, y a partir del cual la película se deja llevar por la confusión, el enredo y la fantasía que habita en este puntal de la comedia hollywoodiense.

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