lunes, 14 de octubre de 2013

Marcado por el odio (1956)


A Robert Wise se deben dos excelentes aproximaciones cinematográficas al mundo del boxeo, aunque totalmente diferentes entre sí. La primera, Nadie puede vencerme (The Set-Up), presenta una perspectiva cruda y negra del ámbito pugilístico, mientras que la segunda, Marcado por el odio (Somebody Up Theres Likes Me), se expone desde el drama biográfico en el que el cuadrilátero queda relegado a un plano secundario, no en vano narra la experiencia vital de Rocky Graziano (Paul Newman) desde sus conflictivos inicios como delincuente juvenil hasta que alcanza el sueño americano, también factible para un outsider como él (cuando se adapte al sistema), aunque no para el perdedor interpretado por Robert Ryan en The Set-Up, cuya oportunidad habría pasado de largo tiempo atrás. Para exponer la historia del famoso púgil, Robert Wise y el guionista Ernest Lehman plantearon un antes y un después de la irrupción de Norma (Pier Angeli) en la vida de Graziano, a quien inicialmente se descubre como un joven inadaptado que expresa su rechazo mediante un comportamiento violento que le aleja de cualquier posibilidad de congraciarse tanto con su desafortunado entorno familiar como con el medio social, al que ataca con pequeños hurtos que provocan su entrada en instituciones penitenciarias. Dicha constante apunta hacia la inexistencia de un futuro dentro de esa sociedad en la que no encuentra su lugar, condicionado por el rencor que genera los brotes de violencia que le dominan cuando se siente acosado, como se confirma durante su breve estancia en el ejército (del que deserta tras golpear a un oficial). De nuevo, deambula desorientado, aunque en ese momento de huida se produce su primer contacto con el boxeo, no porque le guste (lo detesta ya que le recuerda a su padre) sino por la necesidad de conseguir dinero haciendo lo único que sabe hacer: descargar el odio que le domina desde niño. Ese rencor habita en cada uno de sus golpes, lo cual llama la atención de Irving Cohen (Everett Sloane), que se convierte en su manager cuando Rocky paga su deuda con la sociedad y encauza su rumbo gracias a la aparición de Norma, que se erige en parte fundamental de la superación personal del púgil. Desde que el luchador asume su amor por Norma, el paso del tiempo avanza veloz a través de los titulares de los periódicos (que anuncian su ascensión) y de sus breves apariciones ante su esposa e hija con el rostro magullado tras los combates (sucesión de imágenes que confirman su plena aceptación del entorno familiar que le trasforma). Los años omitidos se comprenden felices para él, atrás quedó el rechazo social, ahora se siente aceptado como un miembro destacado de la comunidad que le admira e idolatra. Sin embargo, su armoniosa existencia sufre un revés cuando Frankie (Robert Loggia), un ex-convicto con quien compartió presidio, le amenaza con revelar a la prensa su expulsión del ejército si no se deja vencer en su lucha por el título mundial. La disyuntiva que se presenta ante Rocky resulta más dolorosa que cualquiera de los golpes que recibe en el cuadrilátero, porque en ese instante de su vida es y desea seguir siendo un ciudadano honrado, padre y esposo. Pero una y otra vez se encuentra peleando fuera o dentro del ring (la válvula de escape para su violencia), y de nuevo debe enfrentarse al sistema, aunque en esta ocasión no lo pretenda. La comisión que investiga el intento de tongo alaba su decisión de no participar en el amaño, pero eso no evita que le presionen para que delate a los implicados y que le retiren la licencia, sin embargo, se niega a dar nombres porque teme que la existencia que tanto esfuerzo le ha costado desaparezca si su historial militar sale a relucir (aunque éste finalmente sale publicado en la prensa). Sin licencia en Nueva York, y consciente de que por mucho que lo intente siempre se golpea contra un muro inexpugnable, Rocky se hunde en la decepción de la que Norma, clave en su maduración-realización, le ayuda a salir guiándole hacia ese cuadrilátero donde puede dar rienda suelta a su rabia sin chocar con el entorno o consigo mismo.

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