lunes, 2 de septiembre de 2013

El increíble hombre menguante (1957)


La década de 1950 fue, profesionalmente hablando, la mejor para Jack Arnold, en ella realizó películas que se han convertido en indispensables dentro de la ciencia-ficción, como Llegó del más allá (It Came from Outer Space), La mujer y el monstruo (Creature from the Black Lagoon), Tarántula (Tarantula!) o, la mejor de todas, El increíble hombre menguante (The Incredible Shrinking Man). Sin embargo, concluido el decenio, Arnold se prodigaría más en la dirección de series de televisión que en la de largometrajes, entre otros dirigiría un par de comedias a mayor gloria de Bob Hope. No obstante, su legado también incluye westerns, dramas o interesantes películas de intriga criminal, pero, para quien escribe, su obra cumbre es esta mítica producción realizada a partir del primer guión cinematográfico de Richard Matheson, escritor que adaptó su novela homónima. Posteriormente, el autor de Soy leyenda continuaría ligado al séptimo arte como guionista, destacando sus cuatro colaboraciones con Roger Corman en el prestigioso ciclo Poe o con Steven Spielberg en El diablo sobre ruedas (Duel, 1971). El increíble hombre menguante, como su título indica, no presenta monstruos gigantescos, sino un hombre que, tras su contacto con una nube radioactiva, empieza a disminuir de tamaño. El propio Scott Carey (Grant Williams) se encarga de narrar su extraña experiencia vital, que se inicia a bordo de la embarcación donde disfruta de unas vacaciones en compañía de Louise (Randy Stuart), quien evita su exposición a las partículas porque se encuentra en el interior del barco cuando el polvo radiactivo se esparce sobre la cubierta y sobre el cuerpo de su marido. Según las palabras del afectado, durante los siguientes seis meses todo continúa igual que siempre; sin embargo, una mañana se sorprende al comprobar que sus pantalones y sus camisas le quedan grandes. A pesar de las palabras de su esposa, que explica el suceso como un adelgazamiento normal, la posibilidad, casi certeza, de que disminuye de altura y de volumen le convencen para acudir a un especialista. Aunque el médico, al igual que Louise, no observa ninguna anomalía en la salud del paciente. No obstante las radiografías confirman sus peores sospechas, y a medida que disminuye de tamaño su personalidad se agría, acentuando sus miedos y cargando su impotencia en la figura de su mujer, quien le asegura que mientras lleve la alianza matrimonial siempre estará a su lado; pero las imágenes se encargan de mostrar que la ruptura del matrimonio es una realidad, ya que en ese mismo instante el anillo se desliza del dedo de Scott. Afectados por un hecho insólito, la pareja deposita sus últimas esperanzas en el equipo de científicos que intenta hallar un antídoto, pero lo único que logran es decelerar un proceso que se confirma como inevitable. Sin aceptarse y sin aceptar aquello que le ocurre, el hombre menguante huye de su hogar y se refugia en un espectáculo de feria donde entabla relaciones con Clarice (April Kent), una mujer cuya estatura sería similar a la suya, lo cual permite que la víctima de la mutación viva un breve periodo de serenidad. Sin embargo, el decrecimiento no se detiene, de modo que se produce su ruptura con Clarice, que continúa manteniendo su tamaño, pues éste no se debe a una mutación sino a su naturaleza. Desesperado ante la imposibilidad de encontrar un lugar donde encajar, el fugitivo regresa al lado de Louise, aunque se les descubre distanciados por dos espacios delimitados por las paredes de la casa de muñecas que han habilitado como vivienda de Scott. Allí, sentado sobre un asiento acorde con su tamaño, su humor y su comportamiento se recrudecen más si cabe, hasta barajar la posibilidad del suicidio, víctima de la imparable afección que solo a él aqueja. Hasta este instante del film, la espléndida narrativa expuesta por Jack Arnold se centró en el decrecimiento y los cambios en la personalidad de un hombre afectado por un espacio que poco a poco se agranda ante su menguante figura, rompiendo la seguridad del mundo que hasta entonces había compartido con Louise. Un descuido de aquélla provoca el punto de inflexión en la película, en una excepcional escena en la que se descubre a un felino que no duda en atacar a su antiguo amo, quien en un intento por salvar su vida queda atrapado en el sótano, que ante él se muestra como un gigantesco espacio inexplorado, donde, emulando a Robinson Crusoe, encuentra refugio y agua, pero también peligros y tempestades. A raíz de su nueva condición de único ser vivo en un hábitat inmenso y desolado se produce la transformación y aceptación de quien comienza a buscar el escaso alimento que puede encontrar. Si en Tarántula Jack Arnold enfrentó al ser humano con un arácnido gigantesco, en El increíble hombre menguante el personaje principal se las ve con una araña de tamaño natural que, debido a la estatura del naufrago, se confirma como el monstruo más mortífero que existe sobre ese medio hostil y estéril que Scott intenta dominar. Y como consecuencia de dicho enfrentamiento, su instinto de supervivencia se impone, al tiempo que, ante el nuevo mundo que se abre ante él, vence sus miedos y alcanza la aceptación de su yo como parte de un conjunto infinito donde él solo es una partícula infinitesimal del mismo.

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