domingo, 25 de agosto de 2013

Trece días (2000)

El 8 de enero de 1959 los rebeldes castristas entraron victoriosos en La Habana, poniendo punto y final al gobierno de Fulgencio Batista. Durante el tiempo que siguió a aquel momento de cambio, el destino político del país caribeño se convirtió en un enigma para soviéticos y estadounidenses, ya que ninguna de las dos potencias tenían claro hacia qué bando se decantaría el régimen liderado por Fidel Castro. Inicialmente la postura de Castro se mantuvo al margen del enfrentamiento entre capitalistas y comunistas; sin embargo, en 1960 el dictador rompió el tratado cubano-estadounidense, y en enero de 1961 su relación con la administración Kennedy. Dos días después, el 6 de enero, el primer ministro soviético, Kruschev, anunciaba la adhesión de Cuba al bloque socialista; de tal manera que las relaciones con sus vecinos del norte se volvieron tensas, hasta el punto de que en abril de ese mismo año se produjo un intento de invasión a la isla caribeña por parte de un contingente de cubanos exiliados en los Estados Unidos. El ataque se produjo en Bahía Cochinos, al sur de la ínsula, pero con un resultado nada satisfactorio para los intereses de los exiliados y de sus aliados. Aunque el momento de mayor tensión llegaría al año siguiente, a partir del 14 de octubre de 1962, cuando un avión de reconocimiento estadounidense capturó unas imágenes que desvelaron la existencia de misiles soviéticos de medio alcance con capacidad nuclear en suelo cubano, lo cual significaba una clara amenaza para la seguridad de Estados Unidos (similar a la que sentían los rusos con los misiles americanos que les apuntaban desde Turquía). En este punto se inicia el film de Roger Donaldson, que expone desde la perspectiva de la administración Kennedy los angustiosos trece días que siguieron a aquel instante en el que fueron reveladas las fotografías tomadas por el U2. De ese modo se iniciaba uno de los periodos más delicados de la Guerra Fría, pues dicho descubrimiento puso al mundo al borde de una guerra nuclear que amenazaba con devastar el planeta. Esta hipotética destrucción total no escapa al razonamiento de J.F.K (Bruce Greenwood), aunque sí al de los militares que le rodean, pues intentan presionarle para que asuma una postura beligerante que proteja a la nación de lo que ellos consideran un ataque inminente. A medida que avanza el film se comprueban las diferencias entre ambas líneas, de igual manera se comprende que entre los rusos sucede lo mismo. Mientras, en Cuba continúan con la instalación de las armas que podrían destruir la costa este de los Estados Unidos. Conscientes de la delicada situación por la que atraviesan, el presidente y sus allegados buscan soluciones que no impliquen ni el desmantelamiento de los misiles americanos instalados en Turquía ni llevar a cabo la propuesta de los jefes del Estado Mayor, que no sería otra que la de destruir las armas nucleares que les apuntan e invadir la isla para que no vuelva a producirse un hecho similar. J.F.K y los suyos saben que dicha acción implicaría una represalia inmediata por parte de los soviéticos (posiblemente en Berlín), y ellos, a su vez, se verían obligados a responder, dando pie al indeseado enfrentamiento que en todo momento el presidente pretende evitar. Por fortuna, la cordura prevaleció y las armas nucleares fueron desmanteladas y sacadas de suelo cubano, aunque la existencia de los arsenales nucleares continuó siendo una realidad y una amenaza que implicaba la posibilidad de que en cualquier momento otro incidente provocase su empleo. Trece días (Thirteen Days) se muestra tensa por la situación límite y real que narra, aquella que pudo acabar con el mundo tal y como se conoce en la actualidad; dicho incidente fue una alerta que muchos cineastas no pasaron por alto, de ahí la aparición de films que se posicionaron a favor del desarme, como sería el caso de Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú? (Stanley Kubrick, 1964), Punto límite (Sidney Lumet, 1964) o la intriga política Siete días de mayo (John Frankenheimer, 1964), donde se baraja la posibilidad de un golpe de estado, como el que se alude en determinado momento de Trece días. A diferencia de estos clásicos, Trece días se expone como un documento fílmico que busca la exactitud de los hechos acaecidos durante aquellas dos angustiosas semanas, aunque, claro está, al uso de Hollywood y para lucimiento de su estrella, Kevin Costner, que también desempeñó labores de productor. Para Costner fue un doble reencuentro, por un lado volvía a ponerse a las órdenes de Donaldson, con quien había trabajado en No hay salida (No Way Out, 1987), y por otro regresaba a un film de intriga política basado en hechos reales, en un intento por emular el éxito y la calidad de la excelente J.F.K. Caso abierto (Oliver Stone, 1991).

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