martes, 20 de agosto de 2013

La lotería del amor (1954)

Dentro de las comedias producidas en la Ealing, La lotería del amor (The Love Lottery) se distancia del realismo satírico que se observan en sus títulos más emblemáticos. En esta producción dirigida por Charles Crichton la acción se aleja de las islas británicas para desarrollarse en su mayor parte en un idílico paraje inventado, que resalta el carácter fantasioso de esta comedia onírica con ligeros toques de musical, en la que se muestra el irracional comportamiento de las masas ante aquellos que han convertido en ídolos, como sería el caso de Fang, el perro estrella de la productora en la que también trabaja Rex Allerton (David Niven), la segunda figura de la casa. Para este actor, condenado a repetir una y otra vez el mismo papel de héroe de aventuras, el acoso de sus admiradoras ha alcanzado el grado de pesadilla, alterando su equilibrio mental y provocando su temor a perder la cordura. Otro de los problemas a los que se enfrenta Allerton sería la creciente sensación de ser utilizado como un pelele que, al igual que la estrella canina, acata las órdenes de los directivos del estudio sin poder hacer nada más que lo que se espera de él. La realidad en la que se mueve aumenta su necesidad de recuperar la intimidad perdida como consecuencia de su popularidad, forjada en las películas y en las mentes de sus fans. Para poder desarrollar su yo auténtico, esta víctima de la fama y de los intereses de terceros, comprende que debe abandonar el entorno que le ha despersonalizado y regresar a Inglaterra, donde espera volver a ejercer como actor teatral, un oficio más cercano y menos fantasioso que el de galán de celuloide. Sin embargo en su tierra natal tampoco pasa desapercibido, pues su aura de aventurero romántico le persigue y le obliga a continuar deambulando de aquí para allá hasta encontrar ese lugar donde pueda pasar inadvertido. Para Rex la idílica población construida a la orilla de un hermoso y apacible lago significa la esperanza de volver a ser un individuo de carne y hueso, ajeno a la idealización forjada por los intereses del estudio y asumida por sus admiradoras. No obstante, cuando arriba a Tremaggio lo hace temeroso y desconfiado, aunque, para su sorpresa, allí nadie parece reconocerle. Cuanto sucede en La lotería del amor (The Love Lottery) combina la realidad con las pesadillas que turban los sueños del galán, ofreciendo la sensación de que todo el conjunto forma parte de la inventiva de ese personaje desesperado ante quien se presenta un tal André Amico (Herbert Lom). El extraño hace su primera aparición desde las sombras de la habitación del hotel inglés donde Rex reposa poco antes de su llegada a la villa; Amico surge como si se tratase de un Mafistófeles que anhela poseer al actor, y para ello se encarga de preparar la estancia del divo en la pacífica población donde posteriormente se vuelven a encontrar. Pero a diferencia aquél personaje utilizado por Goethe, el empresario no busca el alma de su víctima, sino su imagen, la cual pretende utilizar para aumentar los beneficios de su compañía de apuestas. Para alcanzar dicha meta pone en marcha la lotería en la que Rex se ve obligado a participar a pesar de no querer hacerlo, aunque ésto sería algo habitual en la cotidianidad que le persigue a todas partes. Así pues, atrapado en la red tejida por Amico, se deja engatusar por Jane (Anne Vernon), la matemática que el empresario emplea para captar su atención, pasando por alto la posibilidad de que la chica sucumba ante los encantos de un actor convertido en el premio que aumenta tanto los beneficios de la organización como las fantasías de sus seguidoras. Por un breve instante, La Lotería del amor abandona Tremaggio para mostrar varias imágenes que muestran como la noticia del sorteo desata la locura entre las miles de admiradoras del actor, de entre quienes solo una podrá poseer a la desesperada estrella. En ese instante la figura de Sally (Peggy Cummings), la joven que desde el inicio del film asoma en las pesadillas de Rex, cobra protagonismo gracias a su boleto premiado, el mismo que le permite continuar rechazando su vida real y vivir en la ilusión que ha creado al enamorarse de un héroe que solo existe en el celuloide y en su imaginación.

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