jueves, 29 de agosto de 2013

El puente (1959)

La perspectiva asumida por Bernhard Wicki para dar forma a su acercamiento a la pérdida de la inocencia de los adolescentes protagonistas de El puente (Die brücke) alcanza una de las cotas más sinceras y descarnadas del cine anti-belicista alemán. Para estos muchachos jugar a ser soldados significa su entrada en el mundo adulto, al tiempo que les permite continuar viviendo en la falsedad pregonada por el régimen desde antes del inicio del conflicto armado. Aunque en ese momento presente, de derrotismo y derrota inminente, sus mayores han dejado de creer en las palabras que han llevado al país a la destrucción. Los primeros minutos de la película muestran a los jóvenes en la escuela, a donde acuden vestidos con sus pantalones cortos, símbolo de que aún no han alcanzado la madurez que pretenden poseer cuando asumen su condición de soldados. Dentro del ambiente escolar, más acorde con su edad, se observa su desconocimiento del significado real de la contienda que amenaza su adolescencia para convertirlos en víctimas directas del sinsentido responsable de la destrucción, de la muerte y de la decepción que cobra forma en las palabras del profesor de Historia o en los soldados que, hacia el final de la película, huyen de la muerte atravesando el puente que da título al film. Pero antes de llegar a eso, en su entorno familiar se descubre la preocupación de las madres ante la certeza de que sus hijos serán reclutados y enviados a una muerte segura, se observan las discrepancias entre padres e hijos o las relaciones entre los adolescentes, ya sea la amistad de Hans (Falker Bohnet) y Albert (Fritz Wepper) o los primeros amoríos de Klaus (Volker Lechtenbrink). Sin embargo todo esto queda atrás cuando reciben la orden de incorporarse al servicio activo, para ellos es la confirmación de que van a formar parte de esa grandeza que les han inculcado desde la cuna, por ello reaccionan con alegría, salvo Hans, que ha sufrido las incidencias de la guerra en un bombardeo del que no duda en decir que le provocó miedo. A lo largo de sus minutos El puente dibuja una imagen sincera de esos chicos que han crecido y vivido dentro del engaño que han idealizado en sus mentes, condicionadas por aquellas mentiras en las que ya nadie cree, salvo ellos, que se dejan guiar por las enseñanzas que han formado parte de su cotidianidad. No dudan, ya que son incapaces de comprender que lo repetido hasta la saciedad no es más que la mentira de un falso patriotismo y de la falsa idea de superioridad. Hacia la mitad de la película esta circunstancia se pone de manifiesto en el discurso de un comandante que, consciente de la inutilidad de sus palabras, proclama a las tropas el deber y el honor de morir defendiendo un trecho de suelo, pues eso significa defender Alemania. La arenga queda grabada en las mentes de los muchachos, al igual que la exclamación <<¡vencer o morir!>>, que se convierte en el credo de los siete cuando son enviados a defender el puente de su localidad. Durante el transcurso de los hechos narrados por Wicki se descubre decepción y desencanto en los adultos, como consecuencia de haber creído en aquellos que solo han traído pérdidas, dolor y sangre. Sin embargo, la realidad idealizada por los adolescentes escapa al pesimismo dominante, porque, desde su nacimiento, han sido víctimas de la manipulación del sistema y de sus mayores, que lo apoyaron o aceptaron. Esta circunstancia se expone con mayor detenimiento en Jürgen (Frank Glaubrecht), convencido de que la gloria de morir en el frente le permitiría emular a la figura paterna que intenta sustituir cuando se viste el uniforme que lo acerca a la heroicidad que se convierte en el centro de su pensamiento, compartido con el resto de sus compañeros, porque para ellos vestir el uniforme significa participar de la gloria que les han hecho creer, sin comprender que solo es la falsedad que les conduce a un sacrificio inútil.

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