jueves, 14 de marzo de 2013

Tempestad sobre Washington (1962)

Como había hecho con anterioridad con el sistema judicial en Anatomía de un asesinato o como haría un año después con la iglesia en El cardenalOtto Preminger realizó en Tempestad sobre Washington (Advise and Consent) un análisis comprometido y nada favorecedor del ámbito político, donde prejuicios, medias verdades o mentiras e intereses parecen ser aceptados como parte de un sistema ambiguo, tolerante con algunos aspectos e intolerante con cuestiones ideológicas o personales que nada tendrían que ver con los asuntos a debatir en esa sala donde se presupone que toda la nación se encuentra representada. En cualquier película se pueden descubrir aspectos que muestran parte de la época de su rodaje: costumbres, modas o circunstancias sociales que se desvelan de su puesta en escena o de aquello que se narra, y Tempestad sobre Washington es un buen ejemplo de ello, ya que desde su arranque se perciben cuestiones de su tiempo, como sería la imagen de un senado donde no existe indicio alguno de presencia afroamericana, latina o femenina (en la votación final se nombra a una supuesta senadora). En la sala sólo se observan senadores de raza blanca que debaten a la espera de que se apruebe la elección del nuevo Secretario de Estado propuesto por el presidente de la nación (Franchot Tone). Pero Robert Leffingwell (Henry Fonda) no es del agrado de algunos representantes de la cámara alta, sobre todo no cae simpático al veterano senador Seabright Cooley (Charles Laughton, en su última aparición en pantalla), quien piensa emplearse a fondo para impedir que Leffingwell acceda al cargo (presumiblemente porque desea vengarse de algún hecho del pasado). De ese modo pronto se pone en tela de juicio la valía de Leffingwell, no por quien es sino por lo que fue, y ante tal circunstancia pide al presidente que desista de su intención de nombrarle para ocupar un cargo tan importante. Sin embargo, ante la petición del líder del país, se compromete a seguir adelante y accede a enfrentarse ante el comité de investigación presidido por el senador Brigham Anderson (Don Murray), en un momento que recuerda a las comisiones de actividades antiamericanas realizadas durante el mccarthismo. Al candidato se le acusa de haber acudido a reuniones comunistas durante su juventud, acusación que le obliga a mentir, negando su contacto con la doctrina marxista en una época de su vida por él olvidada. El escándalo no termina en esa vista, ya que el senador Brigham descubre que el candidato ha cometido perjurio y se niega a apoyar su nombramiento, exigiendo al presidente que cambie su elección. A partir de ese instante Tempestad sobre Washington abandona los despachos y pasillos del Capitolio o de la Casa Blanca para seguir de cerca el drama que atañe a Anderson, que empieza a recibir presiones y amenazas telefónicas que reavivan un pasado anterior a su carrera política y a su matrimonio con Ellen (Inga Stevenson). Al igual que a Leffingwell, al joven senador le persigue un fantasma pretérito que podría acabar con su presente político y con su vida personal, porque al igual que los flirteos con el comunismo, en la época en la que Preminger rodó el film, la homosexualidad sería una acusación muy grave para alguien en su posición. De ese modo se descubre que en política las cuestiones de índole personal pueden ser presentadas como trapos sucios que poco o nada tendrían que ver con la supuesta valía de aquellos a quienes únicamente atañen sus circunstancias personales, sus ideas legítimas o sus tendencias, que deberían ser respetadas desde las libertades individuales que proclama esa misma cámara y no condenadas por el intolerante conservadurismo que empuja a Anderson al suicidio. Tras la muerte del político Tempestad sobre Washington regresa a los pasillos del senado, donde se observa que ni el trágico suceso ni los hechos que lo provocaron cambian las intenciones de hombres que negocian en la sombra para obtener aquello que desean; así se descubre al jefe de la mayoría (Walter Pidgeon) y a Cooley, rivales hasta ese instante, realizando un pacto con el que ambos se benefician, y mostrando que para ellos todo vale con tal de alcanzar las metas propuestas. 

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