sábado, 9 de febrero de 2013

Todo el oro del mundo (1961)



Todo el oro del mundo no vale lo que una buena salud, tópico que el señor Hardy (Philippe Noiret) comprueba cuando pretende incrementar su fortuna urbanizando una tranquila villa campestre. El futuro complejo de Largavida ofrecerá todas las comodidades a turistas y compradores: campos de golf, fuentes de aguas termales, hoteles, balnearios y todo tipo de comodidades de ese entorno saludable tras el que se esconde la ambición y amoralidad de este tiburón de los negocios, No obstante, si quiere ver materializado su proyecto, debe convencer a Mathieu Dumont (Bourvil), el único vecino que todavía no ha vendido su terreno, porque insiste en no firmar el contrato hasta que hable con Antoine (Bourvil), su hijo y heredero tras su muerte. Al tiempo que lidia con los Dumont, Hardy inicia la promoción del complejo residencial con el beneplácito de los habitantes del pueblo, que ven con buenos ojos un negocio inmobiliario del que esperan también beneficiarse, eso sí, siempre y cuando el testarudo de Dumont se decida a vender. La negativa de Mathieu complica el asunto. más aún cuando sufre uno de sus arrebatos de violencia y se dedica a disparar perdigonazos a diestro y siniestro, sobre todo cuando los medios de comunicación se presentan en las inmediaciones de la villa para promocionar la futura urbanización. Cámaras y fotógrafos se citan en el pueblo para fotografiar a Stella (Colette Castel), famosa estrella de cine que posa como reclamo publicitario; y gracias a una de esas instantáneas, portada en diversas publicaciones parisinas, Dumont hijo se convierte en una celebridad y en el nuevo amante de la modelo. hecho que permite comprobar hasta que punto la prensa manipula o tergiversa verdades y mentiras. Todo el oro del mundo (Tout l'or du monde) es ante todo una comedia sencilla, agradable y en ocasiones divertida, aunque no por ello deja de ser incómoda en cuanto a lo que dice, ya que a lo largo de sus imágenes se descubre la feroz critica social realizada por René Clair contra el capitalismo extremo, satirizando situaciones que se burlan de una sociedad que prioriza el dinero o la imagen por encima de cuestiones más humanas, cercanas o emotivas. Así pues, se observa en buena parte del film la alteración de la realidad por parte de los medios de comunicación o la falta de escrúpulos en especuladores inmobiliarios como Hardy, capaz de rebosar alegría por la muerte de Mathieu al tiempo que asiste a su funeral, donde derrama unas cuantas lágrimas para ganarse el corazón de Toine, un joven simple con ideas sencillas. Pero por muchas tretas o artimañas que el constructor ponga en marcha todas resultan estériles ante el comportamiento indeciso de ese hijo que no ha heredado el carácter violento de su padre, pero sí la manía de no firmar el contrato de venta, clave para que las obras se inicien antes de que el estrés campestre acabe con la larga vida de un promotor que empieza a sufrir más de la cuenta.

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