martes, 8 de enero de 2013

Onibaba (1964)

Los demonios de Onibaba son reales, surgen del hambre, de la muerte, de la necesidad, de las diferencias sociales y de la soledad de un tiempo de guerra que condena a sus personajes femeninos a residir en un averno de juncos y de sufrimiento que se ubica en el Japón del siglo XVI, durante un periodo que descubre al país inmerso en la constante y sangrienta lucha que condiciona la cotidianidad de las protagonistas. El inicio de esta fantasmagórica, inquietante y lírica propuesta de Kaneto Shindô presenta a una mujer madura (Nobuko Otawa) y a su nuera (Jitsuko Yoshimura) malviviendo del asesinato, robando y deshaciéndose de los cadáveres de los guerreros samuráis que se pierden por sus míseros dominios, un cañaveral que se ha convertido en su hogar, por donde transitan solitarias y obligadas a acabar con las vidas de los intrusos, a quienes roban las pertenencias que después cambian por un poco de comida. Este espacio espectral es su reino, ajeno a la presencia masculina que les habría sometido en el pasado (una sociedad patriarcal contra la que se rebelan las protagonistas), quizá por dicho sometimiento la mayor de ellas muestra resentimiento hacia sus víctimas, a quienes considera verdugos de su hijo y de su marido, pero también los culpables de su situación y de la de su género, mientras, su joven compañera es la única que la aparta de la soledad más absoluta. Tras la presentación de estas dos atípicas outsiders, Onibaba asume un ligero erotismo y deseo carnal a raíz de la irrupción de Hachi (Kei Sato), el vecino que había partido con el hijo de la mujer madura y que ha regresado para ocultarse de la contienda. Este individuo les comunica la muerte del ser querido mientras observa el cuerpo y la juventud de la esposa del difunto y su deseo carnal crece dentro de él, convencido de que la muchacha siente la misma necesidad, la misma que también hace mella en la suegra, ya que esta no duda en tomar la iniciativa y se ofrece al recién llegado poco después de descubrir que los jóvenes mantienen relaciones sexuales. ¿Por qué lo hace? ¿Por deseo? ¿Por necesidad? ¿Por celos? Quizá por una combinación en la que también se incluye el temor a la soledad que le depararía que su nuera y el vecino iniciasen una vida en común. En un primer momento nada puede hacer para evitar que cada noche su hija política corra entre los juncos para alcanzar el calor que espera encontrar en la cabaña de su amante, salvo suplicar a quien la ha rechazado que no le robe a su nuera, aunque siempre mostrando un egoísmo posesivo que la convierte en una especie de ser maléfico, pero, como ella misma exclama, solo es un ser humano con deseos, necesidades y miedos. La película de Shindô se torna más inquietante y perturbadora con la aparición de un samurái que oculta su rostro tras una máscara espectral, sin embargo no tarda en convertirse en una víctima más del entorno y de los fantasmas que en él habitan. Con la muerte del extraño aumenta la sensación de contemplar una pesadilla fantasmagórica en la que un espectro demoníaco impide el paso de la amante a través del medio natural donde el miedo se apodera de ella y la obliga a regresar a la choza donde solo le aguarda la compañía de su suegra, personaje clave de un film distinto en su poética reflexión sobre dos mujeres que han dejado de ser víctimas de una sociedad machista y se han convertido en ejecutoras capaces de cualquier acto con tal de sobrevivir a la miseria y al sufrimiento secular que nace del rechazo de su sociedad y de la desesperación que anida en su interior.

No hay comentarios:

Publicar un comentario