lunes, 7 de enero de 2013

Memorias de una doncella (1946)

Durante su exilio en Estados Unidos Jean Renoir no consiguió adaptarse plenamente a un sistema de producción condicionado por las exigencias de los estudios, sin embargo, en Memorias de una doncella (Diary of a Chambermaid) pudo dirigir con mayor libertad al tratarse de una producción independiente impulsada por el matrimonio formado por aquel entonces por la actriz Paulette Goddard y el actor Burguess Meredith, quien también se encargó de adaptar la novela de Octave Mirbeau en la que se inspira el film, además de ejercer como co-productor y reservarse el papel del capitán Mauger, uno de los hombres que bebe los vientos por la doncella a la que hace referencia el título y que sería interpretado por su esposa. Durante los últimos dos años Célestine (Paulette Goddard) ha cambiado de casa constantemente, en cada hogar donde ha servido la han manipulado y ninguneado, cuestión que no está dispuesta a tolerar en la mansión de los Lantaire, controlada por la señora Lantaire (Judith Anderson), posesiva, dominante y anclada en viejas costumbres clasistas. Memorias de una doncella plantea el drama como si se tratase de una farsa negra que se desarrolla dentro de un entorno inquietante y perverso, habitado por seres cuyos comportamientos llaman la atención de una joven camarera que decide utilizar su hermosura para lograr su ascenso social. A pesar de su ambición, Célestine se muestra sincera, aunque dispuesta a coquetear con el dueño de la mansión (Reginald Owen), servil y sumiso ante el fuerte carácter de su esposa, y posteriormente con el capitán Mauger, el vecino desequilibrado e infantil, pero siempre rechaza las atenciones de Joseph (Francis Lederer), más por la perversidad que mana de su figura que por su condición de mayordomo. La aparición de Georges Lantaire (Hurd Hatfield), enfermo en cuerpo y alma, provoca el enamoramiento de Célestine, a pesar de que esta se había prometido no amar hasta alcanzar la posición de privilegio que anhela; no obstante, sucumbe ante ese joven atormentado por la idea de la muerte que la rechaza, convencido de que su enfermedad es incurable y de que su madre utiliza a la doncella para tenerle controlado. Casi veinte años después de este film, en 1963, Luis Buñuel realizaría una nueva adaptación de la novela de Mirbeau, titulada Diario de una camarera, pero ofreciendo un enfoque muy distinto al expuesto por Renoir.

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