lunes, 19 de noviembre de 2012

Esmeralda, la zíngara (1939)


En 1939, año del rodaje de Esmeralda, la zíngara (The Hunchback of Notre Dame), los totalitarismos se habían impuesto en medio mundo, lo que podría llevar a pensar en el escaso avance del pensamiento humano a lo largo de los tiempos, ya que daría igual encontrarse a finales de la década de 1930, en la Europa de los nacionalismos totalitarios y del inicio de la Segunda Guerra Mundial, que en el París de los últimos años del siglo XV, a la conclusión de la Guerra de los Cien Años, en el que se ubica el film de William Dieterle. Este excelente largometraje reflejó su presente incierto, viajando a un pasado donde se descubre la injusticia que habita en calles repletas de miseria e intolerancia nacida del odio, de la ignorancia o del miedo, tanto a lo nuevo como a lo diferente: la imprenta (símbolo de la libertad de transmisión de pensamientos) o el joven deforme (reflejo de la fealdad que habita en quienes le rodean). El magistrado Frollo (Cedric Hardwicke), dominado por el fanatismo que rige su comportamiento, muestra rechazo y temor ante el nuevo invento (imprenta), que podría implicar un cambio social y el fin de su férreo control sobre las masas. Dicha postura choca con la de su acompañante, Luis XI (Harry Davenport), de talante más progresista que su súbdito, aunque todavía condicionado por una tradición (ignorancia) que aplasta al pueblo y al progreso, fomentando la miseria que habita en ese París de cartón piedra al que llega Esmeralda (Maureen O'Hara) con la intención de solicitar al monarca que detenga la persecución que sufre su pueblo, únicamente por sus diferencias raciales y culturales. Esmeralda, la zíngara (The Hunchback of Notre Dame) hace hincapié en los peligros que conllevan la intolerancia y los prejuicios nacidos de la falsa superioridad racial, física o moral, opuestos al respeto, la comprensión o la aceptación de una pluralidad enriquecedora que podría impedir la violencia que se desata ante las piedras de Notre Dame, morada del campanero deforme que se enamora de la zíngara, cuyos encantos también conquistan a Frollo y a Gringoire (Edmond O'Brien), poeta y supuesto librepensador. Tras llamar la atención sobre la injusta persecución (paralela a la realidad de 1939), Dieterle se centró en los prejuicios que muestran los parisinos ante el desfigurado Quasimodo (Charles Laughton), a quien se juzga y se rechaza por su aspecto deforme, el mismo que le convierte en centro de burlas y miedos. ¿Y si todos aquellos que le repudian fueran como él y tan sólo existiese un Febo (Alan Marshall)? ¿A Quien se catalogaría como monstruo? Acaso ¿el rechazo no se dirigiría hacia el individuo que presentase las diferencias con el resto? Juzgar a simple vista conlleva rechazo o aceptación, pero nunca profundización en cuanto a la verdadera dimensión de un ser que siente las mismas emociones que habitan en cualquiera de sus semejante. Incluso Esmeralda se ve condicionada por la malformación física de ese jorobado que inicialmente le asusta y le repugna, olvidándose de que tras la imagen existe un alma a la espera de que alguien comprenda que posee inquietudes y sentimientos, realidad que la joven zíngara descubre cuando observa el sufrimiento del jorobado de Notre Dame, torturado como consecuencia de un crimen del que no es culpable: su aspecto.

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