miércoles, 17 de octubre de 2012

El perro rabioso (1949)


Finalizada la Segunda Guerra Mundial, Japón sufrió una posguerra de carestía y de transformación tanto económica como sociocultural. Las antiguas costumbres se fueron fusionando con las occidentales, que llegaron a raíz de la presencia estadounidense en el país, cuestión esta que, en varios momentos de El perro rabioso (Nora Inu), se deja notar, en mayor medida cuando la pareja de detectives acude a un partido de baseball o al Blue Bird, cuyo rótulo anglosajón indica que se trata de un local donde las geishas han sido sustituidas por bailarinas que nada tienen que ver con aquellas mujeres educadas en una tradición que no se percibe en la pantalla. De tal manera la película se puede visionar como un tenso policíaco o como el reflejo de una época de cambios, desorientación y desolación, que plantea varias dudas sobre aquel presente durante el cual muchos de los delincuentes como Yusa (Isao Kimura) serían víctimas del momento en el que les toca vivir; ex-combatientes, hombres o mujeres, que pierden el rumbo dentro de ese Japón de carestía, desencanto y pérdida de identidad en pleno proceso de transformación cultural y social. No sorprende que Akira Kurosawa escogiese un género como el cine negro para enfocar (por momentos desde una perspectiva casi documental) una historia que refleja el pesimismo que domina ese ambiente de posguerra, donde destaca el mercado negro (cartillas de racionamiento, armas, ladrones,...) o esas calles de un Tokio occidentalizado, pobre y caluroso, por donde deambula el desesperado detective Murakami (Toshirô Mifune) tras la pérdida de su colt (otra referencia a la transformación que sufre su país). El robo del arma en un autobús repleto de gente se convierte en la escusa para desarrollar una historia que muestra aquel duro presente durante el cual el policía intenta recuperarla, consciente de que la pérdida de su revólver puede afectar tanto a su carrera profesional como a su vida personal. Murakami sigue las pocas pistas que tiene, a menudo se precipita en sus decisiones, sin embargo, es la desesperación la que lo obliga a perseguir a una sospechosa o a pasearse por el mercado negro, donde se deja ver para ganarse la confianza de los traficantes que alquilan armar; del mismo modo, se precipita al detener a una intermediaria, momentos antes de que el hombre que ha alquilado su colt se presente para devolvérselo a la chica. En la mente del protagonista la idea de que empleen su pistola le martiriza, cuestión que le desborda cuando le informan de que han asaltado y herido a una mujer con un arma que podría ser la suya, algo que él mismo confirma cuando recupera el casquillo (del campo de tiro) y lo envía al laboratorio para que realicen una comparación balística con el extraído del cuerpo de la víctima. Murakami no puede asumir su responsabilidad, o quizá la asuma en un grado máximo, y presenta su dimisión, que no es aceptada por su superior, pues este le dice que en los malos momentos un hombre debe demostrar su valía. Así pues, el joven policía continúa investigando, pero en esta ocasión en compañía del detective Sato (Takashi Shimura), un veterano curtido en mil batallas, cuya actitud se contrapone con la que se observa en el novato. Donde el uno muestra nerviosismo y precipitación, el otro actúa con calma, contundencia e inteligencia, fruto de su veteranía y de su madurez, que le convierte en un individuo escéptico. La presencia de Sato parece calmar la desesperación de aquel que se condena y martiriza, culpándose de cuanto acontece, ya que siguiendo la pista de un nuevo sospechoso se produce otro robo y otro asesinato.

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