miércoles, 19 de septiembre de 2012

Gladiator (2000)


Su buen hacer en Los duelistasAlien Blade Runner parecía indicar que Ridley Scott estaba llamado a ser uno de los cineastas más destacados de su generación, sin embargo su carrera cinematográfica fue a la deriva durante los años que siguieron a estas tres primeras producciones, hasta que tocó fondo con La teniente O'Neill (1997), aunque durante su periodo de bajón creativo (1985-1997) realizó la sobrevalorada Thelma y Louise (1991), y no sería hasta el éxito cosechado por Gladiator cuando Scott recuperó parte del esplendor de sus inicios. Pero Gladiator no aporta novedades narrativas significativas, aunque sí técnicas (la recreación de Roma generada por ordenador resulta más espectacular que aquellas construidas en cartón-piedra), así pues toma aspectos vistos en otras producciones que también muestran la cara menos agradable del mayor imperio que conoció el mundo antiguo: la traición y la venganza presentes en cualquiera de las versiones de Ben-Hur, el opresivo entorno de los gladiadores mostrado por Stanley Kubrick en Espartaco o la ubicación histórica desarrollada por Anthony Mann en La caída del Imperio Romano (varios personajes de aquella se encuentran en la película de Scott). Estas y otras características se dieron cita para ofrecer un espectáculo épico que gira entorno a la figura de Máximo (Russell Crowe), inicialmente a cargo de las legiones romanas durante la campaña germana, y posteriormente convertido en esclavo y gladiador, admirado por el pueblo y enfrentado al poder de Roma, aunque sería más justo decir enfrentado a la ambición y al miedo de un César demencial, encarnado por Joaquin Phoenix. La épica arranca en un bosque germano donde las legiones romanas se encuentran preparadas para la última batalla contra los bárbaros del norte, allí se gesta la traición y también la venganza que forman el hilo conductor de la historia (mezcla de realidad histórica y ficción cinematográfica). Máximo alcanza la victoria en ese bosque en llamas, convencido de que ha llegado el momento de regresar al lado de los suyos, sin embargo Marco Aurelio (Richard Harris) no puede prescindir de sus servicios, todavía no, ya que sueña con devolver a Roma su gloria pasada (reinstaurando la república tras su muerte, ¿por qué no antes?), un proyecto que el anciano emperador sólo puede confiar a Máximo, porque sabe que su general no ansía el poder que Cómodo (Joaquin Phoenix) anhela. Máximo también sueña, quizá no de manera tan ambiciosa, pero sí igual de grandiosa, la idea que rige su pensamiento y su comportamiento se encuentra en su deseo por regresar al lado de su familia, por eso las dudas se apoderan del él cuando el César le ofrece un honor que no desea aceptar porque le separa de su meta. El poder de Roma no puede caer en manos de un hombre como Cómodo. y sin embargo éste lo consigue cometiendo un parricidio durante el cual muestra su inestabilidad emocional, su ambición desmedida y su evidentemente perturbación mental. Cuando mata a su padre no muestra ningún tipo de remordimiento por el crimen que comete, pero sí el desequilibrio que se reafirma en su amor obsesivo hacia Lucilla (Connie Nielsen), quien tras el ascenso de Cómodo se convierte en una mujer asustada y atrapada por el deseo, la locura y la traición de su hermano (en las antípodas de la imagen paterna o del general caído en desgracia). La puesta en escena realizada por Ridley Scott destaca por las luchas en la arena, donde los gladiadores forman parte de un espectáculo sangriento que provoca el júbilo de las masas (a quienes se contenta para mantenerlas aletargadas), pero también destaca por las intrigas que se producen en las altas esferas de un senado dividido entre quienes apoyan al Imperio (Cómodo) o quienes abogan por la creación de la nueva república que defiende el senador Graco (Derek Jacobi), que se define a sí mismo como hombre para el pueblo y no del pueblo, palabras que demuestran el alejamiento existente entre la minoría patricia y la mayoría plebeya que convierte a Máximo en su ídolo, y en la máxima pesadilla de un emperador falto del honor y del valor que rige el comportamiento del héroe, fuera y dentro de la arena.

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