viernes, 14 de septiembre de 2012

¡Al fuego, bomberos! (1967)

Co-producida por el italiano Carlo Ponti¡Al fuego, bomberos! (Horí, má panenko, 1967) fue la última película rodada por Milos Forman en la antigua Checoslovaquia. Al año siguiente, en el verano de 1968, las tropas soviéticas entraron en el país y el cineasta se exilió en Francia, posteriormente lo haría en los Estados Unidos, donde filmaría sus dos famosas Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo's Nest, 1975) y Amadeus (1984). Pero, durante la década de 1960, Forman se había convertido en uno de los realizadores más destacados de la nueva ola checa (una de las corrientes cinematográficas más modernas e interesantes de Europa) gracias a comedias sociales como Pedro el negro (Cerný Petr, 1964) o Los amores de una rubia (Lásky jedné plavovlásky, 1965). En ellas expuso la cotidianidad de personajes tan reales como lo aparentan ser los hombres y las mujeres que se dan cita en ¡Al fuego, bomberos!, aunque cada uno de los presentes forman parte de la caricatura nacional pretendida por Ivan PasserJaroslav Papousek y el propio Forman. La idea para realizar la película surgió por casualidad, cuando el realizador y sus guionistas asistieron a un baile que se celebraba mientras trabajaban en otro proyecto. Aquella fiesta les inspiró la historia que daría pie a esta alegoría fílmica que, sin el menor disimulo, parodia a la sociedad y a la dictadura checoslovaca que encuentran su representación en los asistentes (las fuerzas individuales) y en la organización del festejo (el poder político), que, a imagen de la realidad, se muestran incapacitados para organizarlo con éxito. A lo largo de los minutos se observa a los personajes yendo a lo suyo (otra alusión a la realidad social), a la espera de beneficiarse de una situación caótica en la que solo Josef (Josef Kolb), el vigilante, muestra más interés que por sí mismo. Esta circunstancia implica el irónico criticismo que desagradó a quienes se vieron reflejados en la pantalla, porque, aparte de diversión, ¡Al fuego, bomberos! ofrece una aguda e incómoda radiografía de un sistema socio-político basado en la imagen proyectada, tras la cual se pretendía ocultar corrupciones, incompetencias y la apatía a la hora de asumir responsabilidades que beneficiasen al conjunto. Para enfatizar su falta de conciencia social, los asistentes a la celebración solo muestran interés en beber cerveza o en hacer desaparecer los regalos que se van a sortear al final de la velada; de igual modo se desentienden en los momentos críticos; nadie, ni los bomberos protagonistas, evita que una casa (la imagen del país) se queme hasta sus cimientos al final del film. El comportamiento de los personajes, antes y durante el festejo, resulta tan natural como divertido. Son ciudadanos corrientes que se muestran tal y como son durante esa celebración que se convierte en un desastre. Los preparativos para el baile y la lotería de los bomberos mantiene ocupado al comité que lo organiza, mientras deciden si es acertado el regalo que entregarán al homenajeado, el ex-jefe del cuerpo (Jan Stöcki), que cumple los ochenta y seis años. Aunque el regalo no es un reconocimiento a su medio siglo de trabajo, sino una forma de compensar la enfermedad terminal del jubilado. Tras dar el visto bueno a la entrega del hacha conmemorativa, se observa el salón donde se va a celebrar el festejo y donde se amontonan los premios del sorteo. La sala se llena de gente, todo parece ir según lo planeado, de modo que ahora lo importante es conseguir ocho bellas candidatas entre quienes se elegirá a la reina del baile, cuya misión será la de entregar el presente al jefe retirado, que aguarda expectante al momento de su intervención. La tarea de escoger a las muchachas trae de cabeza a la comisión liderada por un jefe (Jan Vostrcil) que descubre la incompetencia de sus compañeros, que muestran sus dudas a la hora de escoger a las jóvenes por sus piernas o por sus rostros. La fiesta se complica, todo parece un desbarajuste, y los premios desaparecen cada vez que Josef hace su recuento. Por fin la organización ha escogido, quizá no a las muchachas que más gustaban, pero qué se le va a hacer, el tiempo apremia y deben encerrarse en una sala para dar las últimas instrucciones a las elegidas. Todavía existen un par de inconvenientes: una señora que no se separa de su hija, porque quiere ver qué pasa, y la ausencia de la octava candidata, cuestiones que finalmente se resuelven satisfactoriamente, ya que el sacrificado del grupo se encarga de alejar a la infiltrada invitándola a bailar, antes de que la última candidata se presente y alegre la vista al grupo que disfruta de su estampa en bikini y que se lamenta de que las otras siete no hubiesen tenido la misma ocurrencia. Pero los problemas no han hecho más que empezar, ya que en el momento de desfilar hacia la tarima donde será escogida la reina, las chicas salen corriendo, la música se detiene porque los músicos tienen sed y el homenajeado intenta un par de veces adelantar su intervención. En lugar del baile y del homenaje se desarrolla el caos que alcanza su punto culminante a raíz del aviso de un incendio en una casa vecina. La alarma provoca que todo el mundo abandone la fiesta y se dirija al lugar del siniestro, donde el fuego consume el hogar del anciano (Frantisek Svet) que no puede dejar de mirar como sus posesiones se pierden entre las llamas a las que le acercan para que se caliente. Mientras, los asistentes a la fiesta se dedican a observar sin hacer nada, salvo beber más cerveza, que el dueño del establecimiento donde se celebra el homenaje vende para sacar unas monedas. La parte final de la reflexión de Forman regresa al local donde, como muestra de solidaridad, los presentes entregan sus rifas a la víctima del incendio, un detalle por su parte, pero ¿dónde están los premios? ¿Y para qué quiere el anciano unos boletos numerados que no le proporcionarán otro techo?

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