miércoles, 18 de julio de 2012

Piratas del Caribe: la maldición de La Perla Negra (2003)


Durante las tres últimas décadas del siglo XX producciones como El corsario escarlata (James Godstone, 1976), Piratas (Roman Polanski, 1986) y La isla de las Cabezas Cortadas (Renny Harlin, 1995) fueron intentos vanos por reavivar el cine de piratería, algo que no sucedería en el año 2003 con Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra (Pirates of the Caribeean: The Curse of the Black Pearl), un film de entretenimiento que captó la atención (y el dinero) del público, ofreciendo cine de aventuras en su estado más espectacular y caricaturesco, que toma muchos de los aspectos de las películas de piratas clásicas para ponerlos al servicio de la pirotecnia y del capitán Jack Sparrow (Johnny Deep), un pirata un tanto peculiar, como se descubre en su presentación, cuando atraca en el puerto de Port Royal, justo cuando su barca se hunde y pone pie en el embarcadero. En ese momento, Sparrow desvela su mejor arma: la verborrea, pues habla y habla, aunque en realidad no diga nada o lo diga todo, ya que no duda en decir qué asunto le ha llevado hasta esa ciudad donde su cuello podría verse adornado con una gruesa soga. Sin embargo, Sparrow no muestra temor por perder la vida, y sí confianza en su aparente desequilibrio y en su manía por conseguir una embarcación y una tripulación que le ayude en su obsesión por recuperar la Perla Negra, el navío del que era capitán hasta que su segundo, Barbossa (Geoffrey Rush), le traicionó, abandonándole en una isla desierta de donde huyó, según rumores, empleando a dos tortugas como medio de transporte, pero tampoco se debería creer todo cuanto se dice ni de Sparrow ni de los piratas, aunque sí es cierta la maldición que ha caído sobre la Perla y su tripulación. En todo momento, la intención de Gore Verbinski sería la de ofrecer un entretenimiento para todos los públicos, mezclando el género de la aventura con el fantástico, ya que los enemigos de Sparrow ni están vivos ni pueden morir, cuestión que les ha llevado a asaltar barcos y puertos, en busca de las monedas de oro que deben recuperar si quieren que la maldición desaparezca. Pero no sólo se trata de recuperar el botín maldito, sino que deben encontrar a la descendencia de Bill el botas, pues sólo la sangre de su sangre serviría para completar el ritual. Y aquí es donde entra la pareja de enamorados, separados por su estatus social, formada por Will Turner (Orlando Bloom), a la sazón el hijo de El Botas, y Elizabeth Swann (Keira Kightley), ¿cómo no?, la hija del gobernador de Port Royal (Jonathan Pryce). Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra presenta todos los tópicos del cine de piratería, ya sea los duelos de espada, las batallas navales o los tesoros, sin olvidar la historia de amor o el humor que se descubre en clásicos como El temible burlón (The Crimson Pirate) de Robert Siodmak, film al que Gore Verbinski rinde homenaje en la escena en la que el capitán Jack Sparrow y Will Tuner, a quien no le ha quedado más remedio que aliarse con el pirata, avanzan escondidos en el interior de una barca vuelta del revés. Así pues el acierto de Piratas del Caribe reside en mostrar el desenfado, tomando de aquí y de allá, sin traer nada nuevo, de un personaje principal de gran atractivo, debido a su manera de enfocar las situación con las que debe lidiar, en algunas de las cuales aparece un villano perfectamente caracterizado por Geoffrey Rush. Y su principal error residiría en sus innecesarias secuelas, rodadas a raíz del rotundo éxito comercial de esta superproducción de Jerry Bruckheimer para los estudios Disney, pues de no haber triunfado ésta nunca se hubieran filmado las otras, y lo que es curioso, la película seguiría siendo la misma (igual de entretenida), pero sin el cuantioso botín que recaudó a nivel mundial. 

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