domingo, 22 de julio de 2012

Manos sobre la ciudad (1963)

Algunos directores utilizan el cine para algo más que entretener al espectador, les cuentan historias que se asemeja a la realidad que los rodea y las utilizan como medio de denuncia social, en un intento de acercar al ciudadano medio aspectos de la realidad que se vive a su alrededor, ya sea fuera o dentro de su país natal, este último sería el entorno escogido por Francesco Rosi para analizar aspectos oscuros de la política local (Nápoles como lugar geográfico reconocible), donde la corrupción, la especulación y el tráfico de influencias son tan frecuentes como las broncas que se producen en los plenos diarios que se celebran en una cámara municipal donde se reúnen, independientemente de sus afiliaciones, buenos y malos políticos, estos últimos no representan a nadie más que a sus propios intereses. Manos en la ciudad (Le mani sulla cittá) se inicia con planos de edificios, cuestión que, unida al título, apuntan hacia la mala gestión urbanística y la especulación inmobiliaria con la que se enriquecen individuos como Nottola (Rod Steiger), concejal del ayuntamiento y miembro del partido que gobierna la ciudad, y que le proporciona las licencias urbanísticas que les benefician monetariamente, sin pensar en los perjuicios a terceros. La negligencia y la ambición de Nottola son las causantes del derrumbe del inmueble colindante al que sus trabajadores derriban, provocando la muerte de varias personas y la pérdida de las extremidades inferiores de un niño. Nottola y el partido no asumen las responsabilidades del suceso, incluso pretenden pasarlo por alto, cuestión que obliga al representante De Vita (Carlo Fermariello) a exigir en el pleno una investigación oficial, postura que provoca los abucheos del grupo mayoritario y los aplausos de los suyos; aunque finalmente, el gobierno municipal acepta formar una comisión, porque, a falta un mes para las elecciones, sería una mala estrategia política permitir que la opinión pública cuestionase su honradez o su valía. Francesco Rosi profundizó en el asunto desde una perspectiva realista, y aunque los personajes no sean reales sí son reconocibles al representar imágenes y situaciones que se producen con mayor frecuencia de la deseada, como sería el afán de Nottola por continuar enriqueciéndose a costa de los intereses generales, adquiriendo los terrenos que el ayuntamiento recalifica como ruinosos, con la única intención de desahuciar a los vecinos de los inmuebles sin importarles en qué condición les deja el desalojo, porque lo único que importa es el beneficio personal que De Vita denuncia, aunque sin suerte, puesto que la comisión designada para investigación no es imparcial (controlada por Nottola), lo cual invita a pensar en la de ocasiones que este caso se ha producido en la vida real. Ante la insistencia de De Vita, Nottola se justifica asegurando de que cuanto hace lo hace porque es lo correcto, aduciendo que los edificios que tira son chabolas que sustituirá por buenas construcciones, pero se olvida decir que las personas expropiadas no tendrán la posibilidad de vivir en ellas, evidentemente porque no pueden pagarlas nuevas. Además de un estudio minucioso de la corrupción municipal, que busca el lucro mediante la construcción de viviendas, también se muestra una cara oculta de la política: intereses, maquinaciones, mentiras e ilegalidades, así como la necesidad de ocultar los trapos sucios que podrían acarrear la pérdida masiva de votos en vistas de las elecciones (Nottola utiliza  su hijo como chivo expiatorio). Manos sobre la ciudad es un excelente film de denuncia social, que permite al espectador hacerse muchas preguntas de vigente actualidad, porque la corrupción y las malas gestiones no son cuestiones exclusivas del pasado.

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