viernes, 6 de julio de 2012

Los cañones de Navarone (1961)

Uno de los enfoques del género bélico centra la acción en un grupo de héroes (antihéroes) dispuestos (u obligados, según el caso) a sacrificar su vida para alcanzar el éxito de una misión imposible; posicionamiento que Los cañones de Navarone (The Guns of Navarone) muestra desde el principio, al presentar al grupo liderado por el comandante Franklin (Anthony Quayle), autor del arriesgado plan que permitiría evacuar a dos mil soldados británicos atrapados en la isla de Kheros. A este oficial británico se unen Mallory (Grefory Peck), habla perfectamente el alemán y el griego, Miller (David Niven), utiliza el sarcasmo como defensa ante lo que observa, Andrea (Anthony Quinn), el valiente cretense que ha prometido matar a Mallory cuando concluya la guerra, Brown (Stanley Baker), el mecánico que sufre una crisis existencial durante el cometido, y Pappadimos (James Darren), que regresa al hogar después de diez largos años en América. Cada uno de ellos resulta de vital importancia para cumplir el objetivo de destruir los dos cañones que impiden el paso de los buques británicos que intentan llegar a la isla donde aguardan los dos mil soldados que, en pocos días, serán exterminados por un poderoso contingente alemán. La clave de la misión reside en el capitán Mallory, el mejor alpinista de su época, él debe escalar el acantilado que les permitiría acceder a la isla sin ser descubiertos. y, supuestamente, alcanzada la cima, su misión habría concluido; sin embargo, la herida de Franklin le convierte en el nuevo líder de ese grupo que debe entrar en la fortaleza alemana donde Miller, el experto en explosivos, volará los dichosos cañones. Los cañones de Navarone (The Guns of Navarone) ensalza el sacrificio de este grupo de soldados y de los miembros de la resistencia griega, en este caso, dos mujeres: María (Irene Papas) y Anna (Gia Scalia), que colaboran con el equipo para facilitarles el acceso al objetivo; sin embargo, el enemigo no sólo se encuentra en los soldados alemanes, sino que también asoma en el seno del comando, planteándose hasta qué punto es más importante la misión que la vida de los miembros que la llevan a cabo, circunstancia que enfrenta a Miller y a Mallory, cuando éste último desvela su plan, que pasa por utilizar como cebo a Franklin, herido y abandonado en manos de los alemanes. Mallory se ve obligado a aceptar la responsabilidad, a pesar de que ésta no resulta de su agrado, porque es consciente de los sacrificios que conlleva el poder alcanzar un imposible plagado de riesgos y de la constante presencia de unos enemigos que siempre parecen conocer los movimientos del grupo, lo que implicaría la existencia de un traidor entre ellos. Como entretenimiento, el film rodado por Jack Lee Thompson cumple a la perfección, pero resulta irregular en su conjunto, sobre todo por el desequilibrio entre la acción y el drama (nunca creíble), aún así, se convirtió en un clásico del cine bélico de comandos suicidas, en el que destaca por encima de todos la mítica Doce del patíbulo (The Dirty Dozen).

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