viernes, 27 de julio de 2012

El pianista (2002)


Como no podía ser de otra manera, la música de piano abre y cierra el acercamiento de Roman Polanski a la ocupación de Polonia en la Segunda Guerra Mundial, pero no lo hace desde sus recuerdos de Cracovia, sino desde las memorias de Wladyslaw Szpilman (Adrien Brody), prestigioso pianista polaco, que al comienzo del film toca el piano en una cadena de radio de Varsovia instantes antes de que el ejército alemán bombardee la capital polaca, en los primeros compases de uno de los periodos más trágicos y brutales de la historia del pueblo judío y de la historia de la humanidad. En un primer momento ni Wladyslaw ni su familia, ni ningún miembro de la comunidad hebrea de Varsovia, esperan la terrible injusticia que se cierne sobre ellos cuando el ejército invasor se impone y dicta normas especiales para los judíos, como lucir la estrella de David para distinguirles de los demás polacos o restringir su acceso a cualquier lugar que no sea de tránsito. Pero lo peor está por llegar y sucede cuando se les obliga a abandonar sus hogares y se les confina en un gueto donde la opresión se descubre en el miedo, en el hambre, en el muro que lo encierra, en las enfermedades, en la brutal indiferencia con la que los soldados torturan o asesinan, e incluso en su espera a que las cosas mejoren. Wladyslaw observa como los cadáveres y las atrocidades son cada vez más frecuentes, también observa como algunos de los suyos forman el cuerpo de policía que colabora con un enemigo que les aplasta el espíritu. La desintegración y la barbarie de la que es testigo avanza lenta e inexorablemente, viviendo en su propia piel el desmoronamiento de cuanto conocía y de cuanto había sido; la falta de alimento, de libertad y de humanidad conviven con ellos dentro de un gueto abarrotado de seres inocentes que son pisoteados a la espera de un cambio que les aleje de su terrible situación, pero el cambio que se produce no es el esperado, sino su traslado a los campos de exterminio, de los que Wladyslaw se salva cuando está a punto de subir a uno de los trenes, no así su familia. Wladyslaw Szpilman se queda sólo, aunque en todo momento está acompañado por el dolor, la soledad, la devastación y la crueldad que nunca desaparecen en ese gueto casi vacío donde cada jornada es un día de muerte, de dolor, pero también un día más de vida, y donde descubre la existencia de una resistencia preparada para la lucha. ¿Qué habría ocurrido si hubiesen luchado desde el primer momento, cuando eran 500.000 almas con las fuerzas físicas y morales heridas, pero no destrozadas? Algunos, como Henrik Szpilman (Ed Stoppard), dicen que morirían (convencidos de que eso es lo que les espera al final de la vía), pero lo harían como hombres y mujeres libres, luchando por su dignidad y su condición humana; otros, como el señor Szpilman (Frank Finlay), responderían con una resignada sumisión, a la espera de un milagro que no se produce, pero al que se aferran porque todavía creen que aún existe humanidad. En un momento de muerte, uno más entre tantos, Szpliman observa desde la ventana del edificio donde se esconde, en la más absoluta soledad, el heroísmo final del reducido grupo rebeldes que luchan por recuperar la dignidad arrebatada; pero Wladyslaw ya no se encuentra dentro del gueto, y su heroísmo es de otro, el de sobrevivir a la irracionalidad más brutal y cruel que nunca se habría imaginado, quizá la heroicidad más grande para una época de muerte. El pianista (The pianist) se muestra sin dejarse llevar por la necesidad de forzar el drama, pues éste existe de por sí en cada fotograma, ya sea en la atrocidad conjunta o en la solitaria condena de un hombre que se asfixia dentro de un entorno de destrucción que le consume y le mutila su condición de ser humano. La soledad, la locura, el hambre más atroz o el miedo que conlleva el no saber qué deparará el minuto siguiente, no necesitan ser expresados con palabras, se advierten en su rostro, porque habitan encerrados en su alma y en las cuatro paredes donde se encuentra prisionero de una época de sin razón que nunca le permite la sensación de encontrarse a salvo, pero que no le roba la esperanza.

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