viernes, 20 de julio de 2012

Días sin huella (1945)


La cámara Billy Wilder se aproxima a la ventana de la que cuelga una botella de whisky, siempre una botella... Por esa abertura se cuela en el interior de la habitación donde descubre a Don Birman (Ray Milland) preparando su maleta para pasar el fin de semana en compañía de su hermano (Phillip Terry), quien al tiempo le anima y lo controla. Sin embargo Don no piensa ni en sus camisas ni en el tren que debe tomar, a él solo le interesa desviar la atención de Wick y así recuperar esa botella, siempre una..., aunque sea para comprobar que está ahí, a su disposición, en cuanto la precise. Poco se sabe de Birman más allá del comportamiento ansioso y preocupado, Wilder no vio necesario ofrecer más información. Su intención en ese instante inicial de Días sin huella (The Lost Weekend) no contempla juzgar (nunca lo hace y ahí reside uno de sus grandes aciertos) sino mostrar pequeños detalles que desvelen la dependencia extrema de su personaje y el motivo por el que su hermano pretende alejarlo del entorno donde se consume. Pero a Don le trae sin cuidado tanto su pariente como Helen (Jane Wyman), que se presenta en el apartamento para despedirse, pero también para comprobar como se encuentra su novio, porque sabe que este no piensa en ellos, solo en esa botella que se hace más grande y más fuerte en su mente. No se trata de que no les quiera, sería muy simple, se trata de que no puede como tampoco puede quererse a sí mismo, porque esa botella, siempre una..., se interpone entre él y cualquiera que no sea el líquido que le exige dedicación plena. Don está enfermo, lo saben, incluso él lo sabe, pero no puede escapar de la adicción que le susurra un trago, solo uno, luego otro y otro más... <<Uno es demasiado y cien no son bastantes>>, dice Nat (Howard da Silva), el barman que lo censura al tiempo que le sirve uno tras otro, hacia la mitad de este lúcido y descarnado acercamiento al alcoholismo y a las consecuencias que acarrea. Desde el personaje interpretado por Ray MillandBilly Wilder expuso hechos y detalles que marcan las circunstancias que habitan y afectan al protagonista. Su ingenio a la hora de esconder su bien más preciado, la desesperación que le domina cuando lo busca y no lo encuentra en los escondites habituales, condenado de ese modo a no saciar su sed ni calmar su ansiedad, resaltan su inevitable autodestrucción y la ausencia de autoestima y de respeto hacia los demás. Por ello se descubre a Don engañando a la asistenta para quedarse con su paga, la cual le posibilitaría comprar dos botellas, aunque esto solo es el principio de su caída en el abismo donde roba el bolso de una joven o asalta una licorería para llevarse esa botella que siempre tiene en mente. Este hombre no es Don, al menos no el Don que deseaba triunfar como escritor, aquel que nunca llegó a concluir una de sus novelas y que dio paso al yo que le repite: bebe una copa, después otra y luego otra más... y así hasta que puedas crear u olvidar que ya no puedes hacerlo. El Don ebrio ha vencido, a pesar de saberse derrotado por el alcohol que le permite no pensar en su fracaso, otra falsedad que añadir a su cuenta de tantas mentiras que no impide que, con cada trago, el pasado regrese para atormentar su presente. Allí, en el bar de Nat, los círculos de whisky derramado se acumulan los unos sobre los otros, cubriendo más y más superficie de barra, mientras, sereno de alcohol, recuerda aquella botella que se rompió en su primer encuentro con Helen y el periodo de serenidad que compartió con ella, hasta un mal día el miedo regresó y con él su necesidad de abrir una nueva. Esta historia que Don narra a Nat, y que piensa escribir durante el fin de semana de su caída sin fin, es la suya, la de Helen, la de Wick y la de cuantos como él se han visto despojados de sus identidades, sustituidas por la de ese líquido que nubla sus mentes para convencerlos de que sin él ya no pueden ser.


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