jueves, 7 de junio de 2012

Los santos inocentes (1984)


Parte de la obra literaria de Miguel Delibes ha sido adaptada a la pantalla con mayor o menor acierto; directores como Ana Mariscal (El camino), Luis Alcoriza (La sombra del ciprés es alargada), Antonio Mercero (La guerra de Papá), Antonio Giménez Rico (El disputado voto del señor Cayo o Las ratas) o Mario Camus fueron algunos de los que intentaron trasladar el universo del escritor vallisoletano. La adaptación realizada por Mario Camus de Los santos inocentes, novela publicada en 1981, es sin lugar a dudas la mejor de todas, en ella se expone, desde el realismo, un régimen social casi feudal en la España rural de la década de 1960. Los santos inocentes se inicia en un momento inexistente en la novela que presenta a dos de los protagonistas: El Quirce (Juan Sánchez) y la Nieves (Belén Ballesteros), los hijos de Paco, el bajo (Alfredo Landa) y Rémula (Terele Pávez), a partir del cual la historia se traslada al pasado, regresando en determinados momentos a ese presente que muestra qué fue de los personajes. <<A mandar que para eso estamos>> es una frase que se repite y define a la perfección la situación de rodea a Paco y familia, personas condenadas a servir, casi como esclavos, a la señora marquesa (Mary Carrillo) y al señorito Iván (Juan Diego), quienes consideran inalienable su "derecho" de tratar a sus empleados como seres inferiores. Paco, el bajo y Rémula hace tiempo que han aceptado su condición, porque probablemente nunca se han planteado otro tipo de existencia para ellos, sin embargo piensan en un futuro mejor para sus hijos, lejos de un mundo anclado en ideas ancestrales; no obstante ceden ante las pretensiones de los señoritos cuando acatan que la Nieves entre al servicio de don Pedro (Agustín González), el administrador de la finca, y esposa (Agata Lys), amante de Iván. <<Ver, oír y callar>> advierten Paco y Rémula a la Nieves cuando ésta les cuenta lo que ocurre en la casa grande, tres verbos que remarcan su sometimiento a ese presente injusto y el alejamiento de ese futuro mejor para sus hijos. El presente cinematográfico muestra a la Nieves lejos del cortijo, empleada en una fábrica de conservas y con la firme intención de no regresar jamás a aquel lugar que le vio crecer, donde las personas como ella son tratadas como una posesión más dentro de ese universo estamental en el que se muestra la estoica dignidad de los siervos y los abusos de la clase privilegiada. La injusticia social se aprecia en todo momento, ya sea cuando uno de esos señoritos expulsa al Azarias (Francisco Rabal) de sus dominios después de toda una vida en la jara a su servicio o cuando Paco, el bajo sufre el accidente durante una de las cacerías sirviendo de "secretario" del señorito Iván. Azarias es un santo inocente cuya mente no coordina como la de los demás, cuestión que no afecta a su capacidad emotiva, la misma que intenta llenar con la presencia de la Niña Chica o de su “milana, bonita”, un pájaro que le permite ofrecer el cariño que no ha recibido a lo largo de su vida, pero que le será arrebatado por un capricho del señorito. Los sentimientos de los siervos no son tenidos en cuenta por unos "amos" que no ven en ellos más que a objetos (o bestias) que deben agradecer sus atenciones y acatar su ficticia superioridad. El comportamiento del señorito Iván representa una ideología que se niega al cambio, porque éste atentaría contra sus intereses, por eso cuando Paco se tronza la pierna no piensa en el herido, sino en sí mismo y hace oídos sordos a la recomendación del doctor (porque la mula es suya), anteponiendo su necesidad de sentirse superior durante la caza a la salud de su "sabueso humano". Los santos inocentes se ganó un puesto dentro de los clásicos de la cinematografía española no solo por lo que cuenta y como lo cuenta, sino por las excepcionales actuaciones de sus actores, destacando la presencia de Francisco Rabal, Alfredo Landa (ambos compartieron el premio al mejor actor en Cannes), Terele Pávez y Juan Diego, cuatro actores que hacen creíbles a unos personajes que transmiten aquello que se esconde o se muestra en las líneas escritas por un narrador tan genial como lo fue Delibes.

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