miércoles, 27 de junio de 2012

Fanny y Alexander (1982)


La casa de los Ekdahl desprende colorido, alegría y, en la salón donde se celebra la fiesta navideña, se escuchan las risas de los miembros de esta acomodada familia dedicada al teatro, entre otros negocios. La abuela (Gunn Wallgren), actriz retirada, es la perfecta anfitriona, además de ser consciente de las debilidades y aciertos de cada uno de sus tres hijos: Gustav Adolf (Jarl Kulle), Carl (Börje Ahlstedt) y Oscar (Allan Edwall), quizá al que más aprecia, como también aprecia su esposa, Emile (Ewa Fröling), su nuera favorita. Durante la celebración se descubre el carácter tolerante de ese grupo de hombres y mujeres que disfrutan de la reunión, en la que también hay cabida para los niños, felices en sus juegos, y todavía ajenos a los sinsabores de la vida. Fanny (Pernilla Allwin) y Alexander (Bertil Guve) son los hijos de Emile y Oscar, su inocencia corresponde a sus edades, protegidos por el cariño y la comprensión que les ofrecen sus padres. No obstante, la felicidad es efímera, y la muerte es una amenaza que se convierte en realidad sin previo aviso, rompiendo la paz, la alegría y la armonía que antes había reinado en el seno de los Ekdahl. La muerte de su padre provoca que Alexander se revele ante todo cuanto le rodea, mostrándose, de este modo, disconforme con la trágica pérdida que le priva de su querido padre, convencido de la injusta parca que no se detiene a pensar en las necesidades de sus víctimas. El colorido (tolerancia) a la que los dos hermanos estaban acostumbrados se sustituye por las tonalidades frías y grises dominantes en la casa del obispo con quien Emile contrae matrimonio; dicha sensación de austeridad señala que el nuevo hogar de Fanny y Alexander carece del afecto y del calor de los que habían disfrutado hasta entonces. Desde el primer momento, el obispo Edvar Vergerus (Jan Malmsjö), a pesar de considerarse un hombre justo, muestra su rigidez, su intolerancia y su crueldad. Como condición para que se celebre el enlace, exige a Emile que renuncie a su pasado, trasladándose a su nuevo hogar sin nada, dejando atrás cualquier objeto o recuerdo, como también deben hacer los hijos de ésta. La madre acepta la exigencia, sin comprender la verdadera personalidad de su nuevo marido, quizá porque le ama o quizá porque añora esa sensación que le había hecho feliz al lado de Oscar, sin embargo, el paso del tiempo le descubre que ha puesto en peligro la infancia de sus hijos, amenazados por un ambiente dominado por unos principios rígidos que no toleran la existencia de otras opciones. Alexander es víctima de la personalidad de Edvar, y lo es, porque rechaza a su padrastro, circunstancia que crea en aquel la necesidad de forzarle a que le ame, para conseguirlo utiliza, como medio de persuasión, la severidad, en lugar de la comprensión y el cariño. La vida Fanny y Alexander se convierte en una prisión dentro de los tristes muros del hogar de los Vergerus, añoran el calor, la libertad, el cariño y a sus seres queridos, sustituidos por la severidad irracional de esa familia que se juzga a sí misma como justa e infalible, pero que utiliza la represión como parte de la educación de dos niños que pierden la alegría y la inocencia. Inicialmente, Fanny y Alexander (Fanny och Alexander) fue concebida como una miniserie para la televisión sueca, y lo fue, aunque antes se estrenaría en las salas comerciales con una duración de tres horas, e lugar de los más de 300 minutos que dura en formato televisivo, resultando un gran éxito a nivel internacional. Pero lo verdaderamente importante del film de Ingmar Bergman es la profundidad reflexiva de éste para mostrar aspectos de la vida como la muerte, la soledad, el paso del tiempo, la religión o la familia, desde dos posicionamientos opuestos, que enfrentan la rigidez de un pensamiento intolerante con la importancia de aprovechar los momentos que la vida presenta para ser felices; o al menos intentarlo, como dice en su discurso final Gustav Adolf, un hombre que pretende saborear el momento, consciente de que éste pasa sin detenerse

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