miércoles, 16 de mayo de 2012

Platoon (1986)

El tiempo es un concepto relativo, no en cuanto a su medición científica, sino a la sensación personal que producen las experiencias que se viven en determinado momento; siguiendo esta conclusión se podría decir que un año no siempre dura lo mismo (y no me refiero a los bisiestos), algo que descubre Chris Taylor (Charlie Sheen) cuando aterriza en Vietnam para pasar sus 365 días de servicio y observa las decenas de bolsas de cadáveres que se encuentran apiladas en la pista del aeródromo. Taylor habría acudido a la cita bélica con una idea distinta a la que descubre en cuanto pone pie en tierra; no tarda ni una semana en arrepentirse de su decisión de abandonar la universidad y presentarse voluntario para luchar en un conflicto que estalló tres años antes de su llegada, en 1964. Cuando Taylor pisa suelo vietnamita es septiembre de 1967; el ejército estadounidense continúa combatiendo y apoyando al régimen de Saigón contra las fuerzas comunistas del norte. El ambiente que se respira no presagia que allí se consumará la primera derrota de los Estados Unidos en un conflicto armado, pero durante su estancia en el pelotón Bravo, el joven idealista empieza a comprender que la derrota es posible porque la lucha no es sólo contra un enemigo que actúa en su terreno, sino que ésta también se produce en el interior de cada uno de ellos. Dentro del pelotón descubre las diferencias que guarda con el resto de soldados, muchachos que no han tenido elección y que han sido reclutados entre las clase baja de su país: “carne de cañón”, dice Taylor en una de sus cartas. Los pensamientos de Taylor se dejan escuchar en varios momentos, utilizando como escusa la correspondencia con su abuela, lo que permite comprender aspectos íntimos como su admiración inicial por quienes le rodean, en especial por el sargento Barnes (Tom Berenger), en quien observa la competencia de un profesional que les confiere la seguridad necesaria para creer que pueden seguir vivos y alcanzar la victoria. Los pensamientos de Taylor muestran su evolución dentro de un infierno donde descubre que nada es como había imaginado a miles de kilómetros de distancia, en un hogar en el que nunca se habría imaginado actos como los que se producen en el poblado a donde envían al pelotón. En la aldea vietnamita se desata la irracionalidad de algunos soldados estadounidenses (incluso el propio Taylor parece perder momentáneamente el control sobre sus actos), dividiendo al pelotón en dos grupos diferenciados por su conducta y su pensamiento. Barnes y sus seguidores representan la ausencia de cualquier tipo de valor moral para alcanzar sus fines: ya sea la victoria o la supervivencia; en una posición contraria se encuentra el sargento Elias (Willem Dafoe), quien se enfrenta con Barnes, cuando éste intenta ejecutar a una niña, después de haber matado a sangre fría a una de las mujeres del poblado. El conflicto moral plantea la perdida de los valores que se pretenderían defender, derechos básicos como la libertad o la justicia; sin embargo han perdido la capacidad de discernir entre el bien y el mal, dando rienda suelta al odio y a la violencia que éste genera. Elias dice que ha perdido la ilusión que le dominaba cuando comenzó el conflicto, lo que se traduce en la pérdida de la creencia de estar haciendo algo útil; pero los valores que rigen su comportamiento no desaparecen, porque es consciente de que sus actos sí importan, ya que en ellos reside la única oportunidad para conservar su humanidad. Platoon presenta a un enemigo distinto a los soldados norvietnamitas, uno más peligroso: ellos mismos, cuestión que Oliver Stone recalca cuando Barnes ejecuta a Elias, un acto que podría aventurar que la guerra se ha perdido, ya que el asesinato del sargento sería como una especie de muerte del idealismo y de la inocencia de todos, algo que Taylor comprende y le convence para que su vida se centre en la búsqueda de la virtud pérdida en Vietnam.



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