miércoles, 30 de mayo de 2012

El nombre de la rosa (1986)


La primera novela de Umberto Eco causó gran impresión entre la crítica y el lector, con ella el escritor italiano demostraba su gran capacidad como narrador de historias ficticias, exponiendo un estilo personal, cuidado y de evidente profundidad argumental. La adaptación cinematográfica se produjo seis años después de la edición de la novela, siendo Jean-Jacques Annaud el encargado de llevarla a cabo. El nombre de la rosa (Der Name der Rose) se inicia desde el recuerdo de un anciano que se presenta a sí mismo muchos años atrás, cuando en compañía de su maestro, el jesuita Guillermo de Baskerville (Sean Connery), llegan a una abadía en el norte de Italia, cuyo nombre prefiere omitir, debido a los hechos que en ella se produjeron, aquellos que cambiarían su pensamiento y, por consiguiente, el rumbo de su vida. Guillermo de Bakersville muestra una perspectiva ajena a su tiempo, utiliza la razón, la observación y la deducción, que le sirven para extraer conclusiones que expliquen los hechos que se producen a su alrededor, lo cual aumenta la admiración que por él siente el joven Adso (Christian Slater). El método deductivo empleado por Guillermo le ha granjeado una reputación que le precede a su llegada al monasterio adonde acude como representante de su orden en la reunión que decidirá el futuro de los jesuitas. Desde su primer instante en la abadía, Guillermo observa el nerviosismo que domina al abad (Michael Lonsdale), comportamiento que le permite sospechar que algo ocurre, sospecha que se confirma cuando el abad le hace partícipe del temor que se ha apoderado de la comunidad: la posibilidad de que el diablo se haya introducido dentro de los muros de la abadía. La inexplicable muerte de uno de los hermanos, producida poco antes de la llegada de los invitados al concilio, tiene atemorizada a toda la congregación. El miedo que se respira y el desafío que significa el misterio planteado por el abad convencen a Guillermo de Baskerville para que inicie una investigación al más puro estilo de Sherlock Holmes (por momentos da la sensación de que Guillermo de Baskerville desea decir: "elemental, querido Adso"). El nombre de la rosa (Der name der rose) no alcanza ni el nivel narrativo ni la profundidad de la novela de Umberto Eco, aún así, con sus carencias, resulta un ejercicio de intriga digno, bien desarrollado, dentro del cual destaca su ambientación en el interior de una abadía amenazante, donde la ignorancia, el miedo y la represión, se unen  para mostrar una época irracional, controlada por una censura que defiende y fomenta ideas carentes de toda lógica y culpables de ese oscurantismo siempre presente en un monasterio que, en lugar de ser un centro de transmisión cultural, se convierte en el centro de esa intolerancia que impide el planteamiento del por qué o del cómo. Las explicaciones ajenas a Guillermo se basan en ideas abstractas, a las que se le da el sentido de quien las emplea, y que siempre conducen hacia los conceptos (malinterpretados) del bien y del mal. Los hechos no se demuestran, al menos no como se dispone a hacerlo el jesuita, sino que se disfrazan de dogmas inamovibles sobre los que se sustenta la temida Inquisición representada por Bernardo de Gui (F.Murray Abraham), un domínico que no busca explicaciones lógicas, tampoco las aceptaría, pues éstas podrían mermar su poder, como también lo haría la libre trasmisión de ideas que Guillermo defiende (motivo por el cual habría abandonado su puesto de inquisidor). Guillermo de Baskerville es el único individuo dentro de su entorno con la suficiente capacidad para pensar por sí mismo, sin aceptar lo impuesto, ni las explicaciones abstractas a las que se aferran los otros monjes; él es un hombre de ciencia, amante de los libros y de la vida, por eso su mente aboga por la existencia de diversas posibilidades o causas que expliquen los efectos que se observan; sin embargo vive en un mundo donde el librepensamiento resulta una amenaza contra el orden establecido, cuyas armas serían la censura y la tergiversación de hechos al gusto de quienes como Bernardo de Gui ostentan un poder que no desean perder.

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