martes, 8 de mayo de 2012

55 días en Pekín (1963)

El productor Samuel Bronston fundó en 1959 unos estudios ubicados en Las Rozas, Madrid, consciente de que España le ofrecía lo que buscaba para las superproducciones que pretendía llevar a cabo: una moneda devaluada frente al dólar, buen clima, diversidad paisajista o los competentes técnicos que trabajaban en el cine español. La Samuel Bronston Productions pretendía realizar grandes films épicos en los que contaría con repartos de lujo y directores de renombre como serían los casos de Anthony Mann (El Cid y La caída del Imperio Romano) y Nicholas Ray, este último dirigiría para Bronston dos películas (Rey de Reyes y 55 días en Pekín) que no son representativas de su enorme personalidad como director. 55 días en Pekín (55 days at Peking) se ambienta en la China de principios del siglo XX (1900), cuando las grandes potencias se dividían el control, el comercio y la economía del gigante asiático. A ese excelente Pekín de decorado llega un grupo de marines estadounidense bajo el mando del mayor Lewis (Charlton Heston), quien poco después debe liderar al resto de las tropas internacionales para resistir la revuelta de los boxer (nacionalistas chinos), apoyada por la emperatriz (Flora Robson) y su ministro el príncipe Tuan (Robert Helpmann), quien no puede ocultar su afán por expulsar a los extranjeros que dominan el país. En la capital china se observa el expansionismo colonial occidental y oriental (Japón), cuestión que se descubre al principio, cuando se muestran las banderas y los himnos que las saludan con la llegada del nuevo día. Ese sería el marco en el que se desarrolla la lucha en la que se ven envueltos los soldados y civiles extranjeros que se atrincheran dentro de la zona internacional, donde cada jornada transcurre con pérdidas humanas y de recursos, creándose una situación insostenible para quienes tienen la fortuna de sobrevivir un día más. Las circunstancias habrían sido distintas si el embajador británico sir Arthur Robinson (David Niven) no hubiera rechazado el ofrecimiento de los rebeldes chinos para que abandonasen el país. El embajador se deja llevar por la visión imperialista de su nación y por la confianza que le confiere saber que las tropas internacionales se encuentran a poca distancia de la capital; su negativa a abandonar Pekin obliga al resto de los representantes a imitarle (pues si los británicos se quedan ellos también), forzando una unión que sería impensable en tiempos de paz. 55 días en Pekín busca el carácter épico de las grandes superproducciones, cuestión que consigue, pero sacrificando buena parte del personal estilo de Nicholas Ray, quien no finalizaría el rodaje debido a diversos problemas. Según cuenta en el libro Por primera o última vez, durante la filmación tuvo un sueño que presagiaba que después de este film no volvería a rodar más, y no se equivocó porque no sería hasta 1979, el mismo año de su fallecimiento, cuando dirigió (en colaboración con Win Wenders) su siguiente y último largometraje. Posiblemente si Ray hubiese tenido mayor libertad creativa, y menos problemas personales y profesionales, habría realizado otro tipo de film, uno más complejo, que profundizase en los personajes, en el por qué de sus actos, y en aquello que les afecta, confiriendo mayor entidad dramática al personaje de Lewis, a quien se presenta vagamente como alguien ajeno a su entorno hasta que se enamora de la baronesa exiliada Natalia Ivanoff (Ava Gardner), otro ser perdido que queda simplificado por las exigencias de la lucha que prima en la pantalla; lo mismo ocurre con el tercer protagonista: el embajador Robinson, cuyas preocupaciones y emociones no bastan para alejarle de ser un personaje tan incompleto como el resto. A pesar de ser irregular, 55 días en Pekín no es un mal film, pues logra lo que se propone: entretener, pero deja a un lado aspectos que expliquen el por qué del empeño de los nacionalistas chinos a mostrarse violentos o el motor que mueve a los extranjeros a actuar como lo hacen; de este modo se muestra a los boxer como un verdugo irracional (su única representación de entidad es el príncipe Tuan, quien se descubre como un ser irreflexivo y sediento de la sangre extranjera), mientras que los hombres y mujeres de las diversas naciones que someten a China se les otorga el rol de víctimas inocentes que sufren un ataque que les une y les confiere el rango de héroes condenados a resistir continuos ataques durante cincuenta y cinco días.

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