lunes, 30 de abril de 2012

Correo de Indias (1942)


El puerto de Cádiz fue, durante muchos años, un centro de suma importancia para la comunicación entre España y América; en la ciudad andaluza se reunían miles de hombres y mujeres que esperaban partir para el nuevo continente en busca de un porvenir más esperanzador que el que pretendían dejar atrás. Este contexto geográfico e histórico sería el utilizado por Edgar Neville para iniciar Correo de Indias, una tragedia romántica que se muestra desde el diario que unos marineros encuentran en el interior del barco fantasma que flota a la deriva. El flashback, que engloba la práctica totalidad del film, regresa al puerto de Cádiz, en concreto a la cubierta de la fragata que partirá hacia El Callao en cuanto llegue la virreina del Perú (Conchita Montes), quien embarca con la intención de reunirse con un esposo (Antonio Calvo) al que apenas conoce. Más interesante que la historia de amor, eje central de la trama, son las diferencias entre el viaje de ida y el de vuelta; descubriendo en el primero de ellos a unos pasajeros alegres, marcados por la ilusión de mejorar en el nuevo mundo, donde las opciones de triunfo todavía son reales, no como en España, sumida en una crisis interna y amenazada por la expansión napoleónica. La partida del correo de Indias reúne a gran variedad de individuos: ladrones, prostitutas, artistas, hombres con o sin profesión, o mujeres que pretende reunirse con sus familiares. La virreina es una más entre esos pasajeros que abandonan su hogar, sin embargo, desde el inicio se muestra distinta a ellos, pues se trata de una dama de alta alcurnia, condición que le aparta del resto del pasaje, evidenciando las diferencias sociales existentes. El capitán (Julio Peña) no tarda en enamorarse de la virreina, la colma de atenciones y constantemente se preocupa por su estado, pero sin desatender sus ocupaciones como oficial al mando de la nave. La travesía oceánica está condicionada por la larga duración del viaje y por un clima que juega un papel de suma importancia, ya sea por el calor insoportable o por la falta de viento en las velas que provoca que la embarcación se detenga. La ida muestra al pasaje, sus costumbres, sus cantos, sus discusiones como consecuencia de un calor que les asfixia, pero también se muestra el paulatino acercamiento que se produce entre el capitán y la virreina, quienes antes de llegar al Perú confiesan un amor que no desean que finalice con la llegada al puerto. Correo de Indias inicia una segunda parte cuando el capitán se presenta en la mansión de su amada, y sin desearlo se encuentra con un virrey que padece una grave enfermedad cardíaca; ambos hombres mantienen una (innecesaria) conversación que ensalza el carácter español, pero esa sería la única concesión de Edgar Neville al régimen franquista, pues el film trata un tema tabú en aquel momento: la infidelidad conyugal, hecho que se expone claramente. Cuando el correo de Indias se encuentra preparado para zarpar llega un mensajero con la noticia de que el virrey y la virreina han decidido viajar a España, pues el noble desea morir en la tierra que le vio nacer. En El Callao se observa a otro grupo de pasajeros, muy diferentes en cuanto a actitud respecto a los que embarcaron en Cádiz, estos hombres y mujeres regresan con las manos vacías y las esperanzas rotas; resultan seres desencantados, malhumorados y fracasados. La sensación de haber perdido su oportunidad les condiciona y les convierte en seres egoístas, que se niegan a prestar ayuda para salvar una nave que viaja a la deriva tras la fuerte tormenta que a punto estuvo de hundirla. De ese modo se comprueban las diferencias entre la esperanza de la partida y la desesperanza del retorno al viejo continente, creando esta última una sensación de amenaza que se confirma cuando se produce una especie de motín por parte del pasaje, momento clave para el futuro de todos los presentes, sobre todo para la pareja de enamorados que permanecerá en la fragata cuando ésta sea abandonada.

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