viernes, 16 de marzo de 2012

La leyenda del indomable (1967)

Ser un inadaptado social puede deparar una situación como la de Luke Jackson (Paul Newman), un héroe de guerra que no se encuentra dentro del entorno que le rodea, ya sea en esa pequeña ciudad, donde rompe los contadores del aparcamiento en una noche de borrachera, o dentro del campo de trabajo al que le han condenado a dos años, quizá una sentencia excesiva para el delito que ha cometido. En el interior del presidio muestra su personalidad, nunca se rinde, como demuestra su negativa a permanecer en el suelo cuando recibe una paliza de Dragline (George Kennedy) o cuando gana una apuesta que consiste en comerse cincuenta huevos en una hora. Así se gesta la leyenda del indomable, poco a poco, mediante pequeños gestos de rebeldía e inconformismo que le valen el apodo de Luke “el frío”, un hombre que convierte la derrota en una victoria. La situación de Luke dentro del penal le confirma distinto al resto de sus compañeros, quienes parecen conformarse con su situación, haciendo cuanto se les ordena, pidiendo permiso para todo, bien sea secarse el sudor cuando trabajan arreglando las carreteras bajo unas temperaturas que les castigan o ir a desahogar su vejiga. Luke sonríe, siempre sonríe, porque sabe que no podrán doblegar su voluntad; dicha imagen desvela que no se somete, y que no acepta las reglas. Al principio no piensa en la fuga, puesto que nunca planea nada; todo lo que hace surge acorde con su personalidad impulsiva y rebelde. La visita de su madre (Jo Van Fleet) ofrece una perspectiva emocional de un hombre al que encierran en el interior de un recinto de un metro cuadrado de superficie cuando le comunican la muerte de ésta, y lo hacen únicamente por una hipotética reacción que consistiría en “ausentarse sin avisar” para acudir al entierro. Ese hecho marca la nueva meta de Luke, escaparse, y eso es lo que hace, simplemente se fuga; corre, se muestra inteligente en cuanto a sus decisiones de moverse en varias direcciones para despistar a sus perseguidores, así como se lanza al río para que los sabuesos no puedan olfatear su rastro, pero, finalmente, le atrapan y le encierran de nuevo. Su situación no mejora con el aumento de su condena, ni con las cadenas que le han puesto en los tobillos, símbolo con el que el capitán (Strother Martin) cree que doblegará a un hombre que no tarda en repetir su anterior gesta. Su segunda escapada roza el éxito, sus amigos del penal así lo creen tras recibir una foto en la que le observan acompañado de dos mujeres que se les antojan despampanantes (¿qué iban a pensar unos tipos que llevan tiempo encerrados?). No obstante, no tarda en ser apresado, torturado y encerrado; los malos tratos se convierten en la tónica general con la que los jefes pretenden doblegar su espíritu, y cuando creen conseguirlo, ...Luke “el frío” vuelve a fugarse. Stuart Rosenberg logró con La leyenda del indomable (Cool Hand Luke) su película más emblemática, un drama carcelario donde abunda la rebeldía que define a un personaje que es consciente de no encontrar su lugar en el mundo. Todo cuanto observa ni le llena ni calma sus inquietudes, porque no reconoce en su entorno nada que le merezca la pena, oponiéndose en todo momento a esa imposición que les anula como seres humanos, en la que no deben pensar y sí acatar cuanto se les diga; pero Luke se niega a aceptarlo, aunque para ello deba morir en el intento, porque aún así, habrá vencido. La irreverencia de "el frío" sirve para romper la rutina que rodea a los presos, controlados por hombres como el jefe Godfrey (Morgan Woodward), siempre ocultando sus ojos tras los espejos de unas gafas de sol que le confieren una imagen de vigilante sin sentimientos ni emociones, capaz de atemorizar a los convictos con su sola presencia; sin embargo, la aparición de Luke, con su rebeldía indomable, crea una sensación de libertad que le convierte en esa leyenda de la que se hablará mucho después de que él se haya ido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario