lunes, 5 de marzo de 2012

Heat (1995)

Dentro de la planificación realizada por Neil McCauley (Robert De Niro) no se encuentra que el desconocido que le han enviado para el trabajo sea un psicópata, pues Neil siempre trabaja con su equipo habitual, en quien confía plenamente porque, además de ser sus amigos, se ciñen al plan marcado con una precisión extrema. Sin embargo, ese tal Waingro (Kevin Gage) pierde el control, e innecesariamente se carga a uno de los guardas que protegen el furgón blindado que asaltan. Ese fallo inesperado marca el devenir de los hechos, pues el teniente Vincent Hanna (Al Pacino) se presenta en el lugar de los hechos para encargarse de una investigación que no piensa dejar hasta encontrar a los autores del crimen. Así se presenta Heat, uno de los mejores thrillers de acción (sino el mejor) de finales del siglo XX, una película madura, impactante y perfectamente ejecutada. Heat se descubre tan precisa como sus dos antagonistas, dos hombres iguales, salvo por la pequeña diferencia que significa encontrarse en lados opuestos de la ley. Desde el primer momento se marca esa similitud en su manera de actuar, tanto en el trabajo como con sus respectivos equipos, con quienes semejan formar una especie de clan, dentro de los cuales ellos serían los líderes. De ese modo, se descubre que los hombres de Neil tienen familia (igual que los policías), y si no fuera por su condición de ladrones profesionales, serían individuos normales, con los problemas y con los hábitos de éstos; como demuestra la crisis matrimonial de Chris (Val Kilmer) y Charlene (Ashley Judd), cuya relación se encuentra al borde de la ruptura, porque ella ya no puede soportar la tensión que significa vivir con un hombre que siempre se encuentra al límite. Esa sensación también se descubre en el tercer matrimonio de Vincent Hanna, quien antepone su trabajo a una esposa (Diane Venora) que pretende parte de su tiempo, porque necesita algo más que las migajas que le ofrece un hombre dominado por su trabajo. Hanna es lo que persigue y guarda para sí la violencia, el crimen y la desesperación que descubre en su día a día; y lo hace porque pretende proteger a Justine y a la hija de ésta, Lauren (Natalie Portman), de la miseria que descubre en las calles por las que deambula. El alejamiento familiar de Vincent le lleva a experimentar una soledad cercana a la que domina a Neil, siempre constante en cuanto a su máxima: “no admitas nada en tu vida que no puedas dejar en treinta segundos, si la pasma te pisa los talones”. Esa idea rige su pensamiento, domina sus actos y le permite realizar sus trabajos con un estudio preciso, sin que nada quede al azar, no como le ocurrió durante el asalto al furgón blindado, cuando pasó por alto el pequeño detalle de trabajar con un asesino sádico que, posteriormente, se le escurriría de las manos. Pero su trabajo implica ese tipo de riesgos, y él lo sabe, por eso debe decidir si acepta una propuesta más que interesante para dar un golpe a un banco que podría proporcionar más de doce millones de dólares; sin embargo, la policía les ha descubierto y les siguen en todos sus movimientos. ¿De dónde han salido tantos agentes del la ley? ¿Deben seguir con el trabajo del banco o separarse para que cada uno siga su camino? Descubrir que la brigada de Vincent Hanna sabe quienes son no altera la decisión del equipo de Neil, porque saber que les vigilan es un punto a su favor, y así se lo harán saber a sus perseguidores, poco antes de desaparecer sin dejar rastro. Michael Mann ofreció su mejor versión como director en este thriller que impacta desde su inicio, cuando se produce el asalto al furgón, la primera escena de acción que sirve para presentar a los dos bandos opuestos (aunque similares), y en particular a sus líderes, quienes no tardan en admirarse y en reconocerse como iguales. Heat es una historia de personas al límite, que no encuentran otro camino que llene sus vidas, sino es haciendo lo que saben hacer: atracar o impedir que atraquen. No obstante, para Neil existe un atisbo de esperanza para acabar con su soledad cuando conoce a Eady (Amy Brennneman), una relación que podría significar la ruptura de la norma que le ha marcado, como también podría romperla su imposibilidad de olvidar unos asuntos pendientes que podrían robarle un tiempo vital del que no dispone. Heat posee ritmo, profundidad y espectacularidad; cada minuto de su metraje es una lección de como plantear una tensión dramática que condena a esos dos individuos semejantes a enfrentarse, aunque no lo deseen, ya sea en la intimidad (durante su charla en la cafetería) o durante su trabajo (el espectacular atraco al banco), porque ellos son lo que son y ninguno de los dos puede huir de esa realidad.

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