viernes, 23 de marzo de 2012

El hombre elefante (1980)

¡No soy un monstruo, no soy un animal!, ¡soy un ser humano!...” exclama desesperado John Merrick (John Hurt) rodeado de personas que le acosan debido a su apariencia externa. La monstruosidad que habita en el ser humano no se encuentra en una malformación física, sino en el rechazo, en el comportamiento, en las burlas o en la repulsión que sienten quienes se ven perfectos. El hombre elefante (The Elephant Man) se acerca a lo expuesto por Tod Browning en La parada de los monstruos (Freaks), pero centrándose en un individuo real, John Merrick, un hombre mucho más sensible y humano que cuantos le rodean. Este joven de veintiún años sufre deformaciones en todo su cuerpo, su aspecto resulta extraordinario, nunca visto con anterioridad, por eso cuando el doctor Frederick Treves (Anthony Hopkins) le descubre siente la necesidad de estudiarlo, de mostrarle ante sus colegas científicos, sin apenas darle importancia a su interioridad; para Treves su objeto de estudio no sería más que ese conjunto de accidentes de la naturaleza que dominan la práctica totalidad de la anatomía de John Merrick. Tras llevarle de nuevo con Bytes (Freddie Jones)  (el ¿hombre o monstruo? que le martiriza y utiliza como atracción de feria), Treves tiene la oportunidad de una nueva toma de contacto, más allá del simple análisis externo que había realizado con anterioridad, pues la brutal paliza que Merrick recibe de Bytes le deja en un estado tan lamentable que convence a su torturador para llamar al doctor; hecho que conlleva el ingreso de Merrick en el hospital, donde, paulatinamente, Treves descubre que se trata de un hombre inteligente, bondadoso y digno de su amistad. La evolución interna que sufre Treves alcanza su punto álgido cuando, ante su esposa (Hannah Gordon), llora y confiesa que no es mejor que individuos como Bytes, pues ha caído en el error de permitir que personas respetables acudan al centro para observar a su amigo, un hecho que inicialmente consideraba positivo para el desarrollo personal de Merrick, pero que no deja de ser lo mismo que sucedía en la feria, donde los espectadores acudían a contemplar a esas personas que les proporcionan placer y rechazo, única y exclusivamente por su apariencia física. La sensibilidad de John Merrick se descubre en sus palabras, en su comportamiento y en su capacidad creativa, mostrándose más humano que cuantos le observan y tratan. El paréntesis de aceptación y de paz que vive en el hospital que se ha convertido en su hogar (allí pasa los mejores instantes de su vida) se ve amenazado por la ambición e ignorancia del portero de noche (Michael Elphick), quien no piensa en Merrick como en un hombre con alma, sino como el hombre elefante que puede proporcionarle unos ingresos extra. Así pues, el respetable paga para divertirse, mofarse y observar la quietud de un hombre asustado, sin caer en la cuenta de que ellos muestran peores malformaciones que las sufridas por ese individuo apacible, que en su interior guarda la bondad de la que su madre se sentiría orgullosa. David Lynch debutó con un largometraje titulado Cabeza borradora (Eraserhead), una película de culto que le llevó cinco largos años filmar, debido a la falta de financiación, y que llamó la atención del director y productor Mel Brooks, quien produciría este magnífico alegato a favor de la dignidad humana, en el cual su director opuso la sensibilidad innata de John Merrick, la misma que contagia y conquista a sus amigos, a la abominable imagen interna que muestran los individuos como Bytes, el portero o aquellos que le humillan y se mofan, hombres que vuelcan sus imperfecciones en un ser humano al que condenan a la condición de fenómeno por el hecho de ser diferente en su apariencia, cuestión que les impide descubrir que la monstruosidad habita en sus prejuicios, en su intolerancia y en su ignorancia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario