lunes, 6 de febrero de 2012

Dos mulas y una mujer (1970)

El encuentro entre el pistolero y la mujer se aproxima más a la casualidad que al milagro, sobre todo cuando Hogan (Clint Eastwood) descubre que esa misma mujer a quien ha salvado de ser violada y asesinada resulta ser una monja, aunque una muy espacial. Don Siegel dirigió Dos mulas y una mujer (Two mules for sister Sara) empleando una estética cercana a la utilizada en el spaguetti-western, para ello contó con la colaboración de su amigo Clint Eastwood, quien encarnaría a una especie de caricatura de sus personajes en los films de Sergio Leone, aquel tipo cínico, duro, solitario y letal a quien tanto gustaban los puñados de dólares. Pero no acaban ahí las coincidencias con el cine de Leone, puesto que la banda sonora fue compuesta por Ennio Morricone; sin embargo, el film tiene personalidad propia como se descubre en la irreverencia de la historia ideada por Budd Boetticher, uno de los directores más destacados del género, y en sus dos personajes principales: Hogan y la hermana Sara (Shirley MacLaine), dos antihéroes que guardan más aspectos en común de los que se descubren en las indumentarias que visten. En Dos mulas y una mujer (Two mules for sister Sara) cobra gran importancia el personaje femenino, convirtiéndose en el gran acierto del film, al presentar un constante enfrentamiento-acercamiento entre el tipo duro y la religiosa de múltiples recursos, que sirve para conferir el carácter cómico y a la vez rebelde que se observa durante toda la película. Para un tipo solitario y desencantado como Hogan resulta complicado viajar en compañía de una mujer que desea, pero cuyos votos le impiden que pueda acercarse a ella de un modo más íntimo, sin embargo, en su pensamientos continúa viéndola semidesnuda, como la primera vez que la observó, cuando aún no se había hecho a la idea de que viajaría con una monja que parece darle al whisky sin que éste le afecte. Este hecho marca buena parte del relato, dejando en un plano secundario el asalto que Hogan pretende realizar al fuerte de las tropas francesas en Chihuahua, con la colaboración del coronel Beltrán (Manolo Fábregas), un hombre que cree en la libertad de su país, no como Hogan, que no cree en nada, salvo en el dinero. Ese sería el motor que guía al pistolero, por eso desea hacerse con la fortaleza y por eso ha aceptado colaborar con los juaristas, porque ha llegado a un acuerdo a cambio del cincuenta por ciento del botín. Hogan no esconde su postura moral, pues no duda en desvelar a la hermana Sara que para él fue suficiente con cometer una tontería idealista en el pasado, y que únicamente actúa por su afán de lucro; sin duda la sinceridad sería uno de los puntos fuertes del mercenario, todo lo contrario a la mujer que le escucha. De los dos centros de atención existentes en el film de Don Siegel, sale mejor parado el enfrentamiento entre la hermana Sara y Hogan, pues es ahí donde reside la verdadera malicia de un director que creó una buena combinación de engaño, comicidad y deseo frustrado, para llevar a cabo un western diferente, simpático, pero con evidentes limitaciones, sobre todo como consecuencia de cierto desequilibrio entre la relación de los protagonistas y la acción que se plantea.

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