martes, 10 de enero de 2012

El último mohicano (1992)

La década de 1990 no fue un periodo floreciente para las producciones de aventuras, no obstante se realizó algún que otro interesante film dentro de un género que había vivido mejores momentos; la versión rodada por Michael Mann de El último mohicano (The Last of the Mohicans) fue una de esas brillantes excepciones. Mann se inspiró libremente en la novela homónima escrita por James Fenimore Cooper, pero también tuvo como referencia el guión que Philip Dunne escribió para la adaptación realizada en 1936; al parecer la primera película que el director, productor y guionista recuerda haber visto, si es cierto o no, habría que preguntárselo. El último mohicano (The Last of the Mohicans) de Michael Mann se presenta como una historia de amor, de supervivencia y de lucha, dentro de un entorno hostil sumido en un conflicto bélico que enfrenta a las poderosas naciones de Francia e Inglaterra en sus colonias norteamericanas, años antes de que se produjesen la Guerra de la Independencia o la Revolución Francesa. El conflicto colonial afecta a los hombres y mujeres que han creado su hogar y echado raíces en unas tierras en las que desean vivir en paz, ajenos a los caprichos de los reyes europeos que nunca las han pisado, y que nunca se han preocupado por ellos, pues sólo buscan beneficios económicos y la supremacía político-militar. Sin embargo, el hecho de ser súbditos de la corona británica obliga a los civiles a formar parte de la milicia, cuestión que aceptan bajo la promesa de que podrán regresar a sus hogares si existe algún indicio de que sus familias se encuentran en peligro. Poco importaría a los oficiales ingleses como el mayor Heyward (Steve Waddington) la palabra dada a hombres que deben acatar y luchar por un rey que no significa nada para ellos, ya que es esa tierra y sus familias, nacidas en ellas, su verdadera patria (años después este hecho, sumado a otro tipo de cuestiones político-económicas, provocaría la Guerra de la Independencia). Pero por suerte, Michael Mann no se centró en cuestiones históricas, decantándose por una aventura bélico-romántica en la que presentó como telón de fondo el enfrentamiento entre dos bandos que no se interesan ni por los colonos ni por los nativos, salvo para sus fines bélicos o comerciales. Esa realidad no escapa al entendimiento de Ojo de Halcón (Daniel Day-Lewis), ni al de su padre adoptivo Chingachgook (Russell Means) ni al del hijo de éste, Uncas (Eric Schweig), los dos últimos representantes de un pueblo antaño orgulloso, el mohicano, el mismo que adoptó a Nathaniel Poe, conocido entre su pueblo adoptivo como Ojo de Halcón. Para los tres mohicanos la naturaleza que les rodea es su hogar, en ella encuentran cuanto desean, por eso es el único reino que deben defender, no a los reyes de más allá del mar, los culpables de las disputas que se producen en el nuevo continente. No obstante, no todos comparten su postura, pues muchos son los colonos que todavía asumen la idea de lealtad a una corona que les exige su participación en la guerra, pero que no cumple la palabra dada. Michael Mann dibujó un escenario natural de gran belleza que se convierte en el testigo de las luchas y del amor que surge entre Ojo de halcón y Cora (Madeline Stowe), la hija del coronel Munro (Maurice Roëves); asimismo, también mostró la tragedia que se gesta en el corazón de Magua (Wes Studi), miembro de la tribu Hurón, quien solo se rige por el odio y el deseo de venganza que únicamente se saciaría con la muerte de toda la descendencia de Munro, el culpable de la muerte de sus hijos y de la separación de su esposa. Con la lucha entre las monarquías europeas de fondo, la acción se desarrolla a la perfección, siempre acompañada por un fondo musical de gran calado y por una fotografía que muestra la belleza de los espacios abiertos por donde corren los protagonistas, ofreciendo una imagen romántica y a la vez brutal de una época en la que sobrevivir sería el reto y la obligación para seres como Ojo de Halcón y Cora.

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