sábado, 24 de diciembre de 2011

La madre (1926)

<<Honradez, justicia, piedad>> muestran los rótulos anteriores al inicio del juicio a Pavel Vlasod (Nikolai Batalov); tres palabras que pretenderían evidenciar la ausencia de las mismas en los tribunales de la Rusia imperial, no obstante, sería la Rusia pos-revolucionaria la que más prescindiría de ellas. La historia que narra La madre es una historia de un pueblo sometido a los caprichos y a los abusos de los propietarios y señores, que provocan el levantamiento de las masas como consecuencia de dicha injusticia social. Como tantas producciones soviéticas de la época, la postura de Vsevolod Pudovkin se acercó al sufrimiento del proletariado para mostrar una ideología afín al único partido existente, sin embargo, sería conveniente dudar o prescindir del punto de vista ideológico y centrarse exclusivamente en la narrativa cinematográfica de La madre, una lección de montaje que imprime gran celeridad a las imágenes y a la acción, que se inicia presentando a los tres miembros de la familia Vlasov: madre (Vera Baranovskaya), padre (Aleksandr Chistyakov) e hijo. Estos dos últimos exponen las dos opciones opuestas con las que el pueblo ruso se encontraría en 1905. El padre representa la tradición o la aceptación de una situación insostenible para todo aquel que no pertenezca a la clase burguesa, por contra, el hijo vendría a ser la imagen de la renovación que pretende la revolución. En medio de estos dos hombres se encuentra la madre, sometida a su marido y asustada por las acciones de su retoño, que se encuentra entre los instigadores de la huelga que se produce en la fábrica. Esta madre teme ante el peligro que se cierne sobre su vástago, y es ese miedo el que la obliga a entregar las armas que le ha visto esconder en el suelo de la casa; Vlasova no lo hace por una ideología, lo hace por su amor maternal, el cual implica proteger a su hijo. De nada le vale esa traición obligada, pues los rostros de los oficiales zaristas no muestran compasión, como tampoco la muestra el rostro de Pavel Vlasov, quien observa a su madre como si le reprochase una acción que traicionaría a la causa más que a él mismo. Vlasova sufre, no entiende cómo es posible que se lleven al ser nacido de sus entrañas para ser juzgado en una farsa cuya sentencia se ha decidido de antemano. El proceso se celebra a puerta abierta, hecho permite descubrir entre el público a representantes de la burguesía que parecen pedir la cabeza de Vlasov, al tiempo que ella comprende la inexistencia de la justicia en esa sala dominada por el busto del zar, a quien la cámara de Vsevolod Pudovkin parece culpar de cuanto sucede. La madre ofrece esa imagen lamentable e injusta de un régimen que acababa de ser definitivamente derrotado, por lo tanto había que denigrarlo hasta el punto de que las nuevas generaciones creyesen en la legitimidad revolucionaria y en el gobierno que había asumido el poder, apoyándose en la sangre y en la misma injusticia que criticaba (pero por lo que parece aumentada en proporciones alarmantes que era necesario ocultar). El cine soviético no puede esconder su origen ideológico, y no lo hace, más bien lo muestra sin vergüenza, porque esperaría que no sólo fuese un entretenimiento, sino un arma indiscutible de la ideología (engañosa) de sus líderes, hombres que podrían ser la viva imagen de los jueces que aparecen en La madre, cuyos bustos acabarían sustituyendo al del zar, y que carecerían de la honradez, justicia y piedad que supuestamente exige el film de Pudovkin.

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