lunes, 7 de noviembre de 2011

Murieron con las botas puestas (1941)


No resulta extraño encontrar biografías anodinas, innecesarias o mal filmadas, en las que la vida de un personaje real cae en tópicos habituales y en sucesión de hechos, más o menos verídicos, que abarcan más de lo estrictamente necesario para que funcionen como espectáculo o como un buena película. El hilo argumental de estas producciones suele ser simplista y a menudo similar, en ellos se presenta al personaje en todos sus aspectos y en ninguno, olvidándose de lo realmente importante para que el film deje de ser una cronología aburrida y sin encanto. Por suerte, existen producciones como Murieron con las botas puestas (They Died with Their Boots On) en las que se muestra la historia de un personaje histórico, en este caso la figura del general Custer, desde un punto de vista más inteligente, que le permite detenerse en lo realmente importante y enfocar la historia desde una perspectiva amena, emocionante e incluso espectacular. Gracias a la sabiduría narrativa de un director como Raoul Walsh la historia de George Armstrong Custer se convirtió en un film que conecta con el espectador, al presentar al general Custer como un individuo creíble, con sus fallos y sus aciertos, sin dejarse llevar por una simple sucesión de buenos o malos momentos, sino desde un punto de vista crítico y épico. Murieron con las botas puestas no es propiamente dicho un biopic, como tampoco lo serían Lawrence de Arabia o Braveheart, más bien sería una mezcla de géneros que permiten disfrutar de las andanzas de un joven cadete desde su ingreso en West Point hasta el famoso enfrentamiento contra los Sioux en la batalla de Little Big Horn. El joven Custer (Errol Flynn) entra en la academia militar con aires de grandeza, en su mente se encuentra la idea de emular a la figura del general Murat, el más grande de los oficiales napoleónicos. Es por aquel entonces cuando el joven cadete muestra su personalidad indisciplinada, impulsiva, valerosa, ostentosa y egoísta, un carácter que le impulsará a desobedecer las órdenes de Ned Sharp (Arthur Kennedy) en su primera misión durante la Guerra de la Secesión, una acción que le reportará su primera medalla y, lo que es más importante para él, la gloria. Raoul Walsh expuso la historia de Custer en tres partes claramente diferenciadas: West Point, la Guerra de la Secesión y la creación del Séptimo de Caballería. En la primera parte se le presenta como al más indisciplinado de los cadetes que ha tenido la academia militar, así como muestra su personalidad y los ideales que persigue, al tiempo que se presenta a quien se convertirá en su esposa, Elizabeth Bacon (Olivia de Havilland), y a tres personajes que seguirán apareciendo a lo largo del film, personajes muy importantes en los hechos que rodearían al mítico militar. El general Sheridan (John Litel) le ofrece su primera oportunidad; el comandante Taipe (Stanley Ridges) no tolera a Custer, pero por error le nombrará teniente general y como consecuencia le brinda la oportunidad de convertirse en leyenda en la batalla de Hanover, fundamental para el devenir de la contienda; y Ned Sharp (Arthur Kennedy), cadete, oficial y posterior empresario que se convertirá en pieza clave de los hechos que provocan la revuelta de los Sioux. Así pues, Murieron con las botas puestas se muestra como un film sólido, sin fisuras de ningún tipo, que se va desarrollando mediante un ritmo exquisito en el que la canción Garry Owen juega un papel fundamental en su parte final, una canción que Custer convertiría en el himno del regimiento que ha creado a partir de un puñado de indeseables con quienes alcanzará la gloria. Sin embargo, Walsh no pretende ensalzar la figura del general, sino que también expone sus defectos, de modo que se descubre un egoísmo que le obliga a anteponer al ejército por encima de cualquier otra circunstancia, incluso la mujer que le ha dado todo; este hecho no se le escapa a Elizabeth quien observa como su marido se autodestruye tras la conclusión de la Guerra de la Secesión y su reincorporación a la vida civil. Esa necesidad vital de su marido la obliga a acudir a Washington para solicitar, rogar, que le reincorporen a filas y que permitirá a Custer regresar al único sitio donde se siente pleno: el ejército. La aventura, el humor, la épica y el romanticismo forman parte de esta magnífica producción que consigue captar la atención sin llegar nunca a aburrir, porque lo que expone es una buena historia que gira sobre la figura de Custer, pero que no se deja arrastrar por sus logros sino que prefiere mostrar al general dentro del entorno que gestó su mito, una época en la que hombres como Ned Sharp, Taipe y William Sharp (Walter Hampden) pretendían enriquecerse aunque para ello tuviesen que urdir mentiras para romper el tratado de paz firmado entre el gobierno y Caballo Loco (Anthony Quinn), el jefe sioux que comprobó como la avaricia de esos hombres de negocios provocaron una lucha que Custer había advertido ante su consejo de guerra, un juicio provocado para alejarle de Fort Lincoln y del Séptimo de Caballería, el regimiento con el que alcanzó la prioridad que rigió su vida: la gloria.

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