miércoles, 2 de noviembre de 2011

James Bond contra Goldfinger (1964)

Seguramente, cuando los productores Albert R.Broccoli y Harry Saltzman se hicieron con los derechos del personaje creado por Ian Fleming no habrían imaginado que las andanzas del agente 007 perdurasen, como mínimo, más de medio siglo, si bien es cierto que sí pensarían en producir más de una película, como se anunció al final de Agente 007 contra el doctor No, la primera de una saga en la que la continuidad argumental no sería una norma, pues en cada película de 007 se presenta una aventura totalmente distinta a la anterior, pero desde una perspectiva narrativa similar que se adaptaría a las diferentes décadas y que podría ser la siguiente: un inicio que muestra a Bond, James Bond, realizando lo que mejor sabe hacer, para dar paso a los títulos de crédito y a la canción que comparte título con la película (siempre interpretada por cantantes de éxito). Posteriormente se mostraría a James en Londres en presencia de Moneypenny o M, repitiendo comentarios similares en cada una de las entregas, sin embargo, no llegarían a cansar, porque formaban parte de su tarjeta de presentación y eran de escasa repercusión dentro de la acción que conduciría al agente 007 hasta el departamento de Q donde se presentarían los avances que le ayudarían en una misión que le llevaría a recorrer el mundo, persiguiendo al supervillano de turno que amenaza o con destruirlo o con apoderarse de él; eso sí, siempre tomándose un respiro por el camino para ligar con las chicas Bond o tomarse un Martini agitado no revuelto. Más o menos ese sería el planteamiento que utilizó el director Guy Hamilton, asiduo de la saga, en Goldfinger, una de las películas más representativas de la franquicia y, por supuesto de la era Connery, la primera en la que aparece el que sería el coche oficial del agente durante muchos films: un Aston Martin repleto de extras diseñados por Q, que salvarán la vida del agente en más de una ocasión. La nueva misión de 007 (Sean Connery) consiste en investigar a un tipo muy tramposo, como se descubre cuando juega a las cartas o al golf, por lo tanto su rival es un hombre al que no le gusta perder; pues va listo con James. Goldfinger (Gert Fröbe) tendría que haber pensado antes de iniciar su carrera delictiva, impulsada por un afán incontrolado por el oro, que si aparece Bond adiós muy buenas a la operación Grand Slam. Así pues, James se lo toma sin prisa, porque sabe que tiene todas las de ganar, una confianza sin fisuras que le permite saborear los pequeños paréntesis que se le presentan para liarse con todas las chicas que se encuentran en su punto de mira, mujeres marca de la casa a las que pone en peligro sin que parezca que le importe, porque James es así, un tipo que sólo mira para su misión, mostrándose casi insensible ante las muertes de las hermanas Masterson, Jill (Shirley Eaton) y Tilly (Tania Mallet), a manos de los esbirros de Goldfinger, sobre todo a manos de ese coreano grandote, silencioso y letal que se quita el sombrero para algo más que saludar, al que llaman Oddjob (Harold Sakata) y que pondrá al agente británico en más de un aprieto. Pero esos percances no detienen a James, está entrenado para ser insensible e ingenioso, como también lo está para matar, de ahí su doble cero. Sin embargo, no se puede negar que de vez en cuando asoma un instinto más humano que sustituye un innegable aire machista y violento, eso sí, ocurre cuando se encuentra entre los brazos de una mujer o cuando se encuentra sólo en una celda de la que pretende salir aprovechándose de la estupidez de los malvados que le vigilan, unos tipos que no saben con quien se juegan el sueldo, porque James Bond es el héroe, el único capaz de convencer a Pussy Galore (Honor Blackman) para que abandone las fuerza del mal lideradas por Auric Goldfinger (el primer villano de la serie que se mueve enteramente por la codicia y que no pertenece a Spectra) y se una a él en varios sentidos.

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