jueves, 10 de noviembre de 2011

Escrito sobre el viento (1956)

Cuando se habla de melodramas es inevitable pensar en Douglas Sirk, un director cuya carrera americana se recuerda, casi siempre, por una serie de excepcionales e intensos dramas como Escrito sobre el viento (Written on the Wind), una película que comienza en el momento más trágico de la historia para retroceder en el calendario hasta detenerse en el instante en el que Mitch Wayne (Rock Hudson) y Kyle Hadley (Robert Stack), dos amigos de la infancia que son totalmente opuestos, conocen a Lucy Moore (Lauren Bacall). Mitch es responsable, constante y pobre, mientras que Kyle se muestra inseguro, descontrolado e hijo de uno de los hombres más ricos del país, estas diferencias se descubren a primera vista, sin embargo, el relato no tarda en mostrar al verdadero Kyle, un ser atormentado, autodestructivo y falto de un amor propio que le permita encauzar una vida cuyo rumbo se ha perdido muchos años atrás. Su encuentro con Lucy Moore resulta como un soplo de aire fresco, porque en ella haya a una mujer distinta a las que ha conocido hasta entonces, aunque no puede evitar actuar como de costumbre, ofreciendo una imagen ostentosa, despreocupada y engreída, tras la que se esconde el hombre sensible y necesitado que Lucy descubre tras la primera impresión. Para Mitch resulta un duro revés comprobar como Kyle y Lucy inician una relación que le gustaría para sí, pero su amistad se encuentra por encima de sus deseos, así pues asume que su amigo y la mujer que ama contraigan matrimonio, un enlace que provoca un cambio radical en Kyle y en las relaciones con su entorno, sobre todo con su padre (Robert Keith), quien hasta entonces no ha hecho más que amasar una fortuna y sufrir los caprichos y extravagancias de sus dos hijos: Kyle y Marylee (Dorothy Malone), esta última actúa impulsada por una soledad y una decepción que la llevan a buscar en los hombres lo que no puede conseguir de Mitch. Escrito sobre el viento se centra en las relaciones de cuatro personajes, que se ven superados por sus frustraciones y sus miedos, dos obstáculos que advierten de la imposibilidad de que la felicidad de Kyle y Lucy pueda ser plena y duradera, porque Kyle ni se quiere ni confía en sí mismo. Su falta de autoestima repercute a la hora de confiar en los demás, como se comprueba cuando recibe la noticia de que no puede tener hijos, permitiendo que un encierro en sí mismo le destruya y le separe de su esposa, de quien empieza a sospechar que mantiene una relación con Mitch, una muestra más de su falta de ego y de la constante evasión de los problemas que le atenazan. Los celos también asoman en Kyle, quien en lugar de afrontar sus miedos permite que los comentarios de Marylee se apoderen de su mente. Quizá a Marylee no le impulse el odio cuando atosiga a su hermano, sino su constante enfrentamiento consigo misma, sus celos, su egoísmo y la imposibilidad de conseguir el amor de Mitch, trazos de una personalidad que la convierten en un mujer maliciosa capaz de realizar cualquier acto con tal de calmar su rencor y alcanzar sus propósitos; se descubre en ella a un ser tan débil y necesitado como su hermano, dos seres destructivos dominados por los fantasmas creados en el pasado. A medida que los días avanzan hacia la escena inicial se confirma la tragedia que se apodera de los Hadley, primero con la muerte del cabeza de familia, cuyo corazón no ha podido soportar por más tiempo los destructivos comportamientos de unos vástagos que, muy a su pesar, son totalmente opuestos a Mitch, un hombre que observa en silencio cuanto sucede a su alrededor, comprendiendo la amenaza que se cierne sobre el hogar Hadley y sufriendo la imposibilidad de un amor que le aconseja poner tierra de por medio, intención que no resulta posible, porque la vorágine Hadley también le ha atrapado. Y segundo porque Douglas Sirk filmó la autodestrucción de un individuo que poseyendo un imperio, un amigo y una esposa que le ama, no posee nada, porque ni se quiere ni cree en sí mismo, dos realidades que le impiden enfrentarse a sus dudas y a sus temores, provocando desconfianza hacia los demás y odio hacia sí mismo que vanamente intenta ocultar en  el alcohol, rompiendo los dos únicos sustentos que podrían evitar su caída al abismo. El personaje de Kyle se convierte así en el centro de la película, porque en él convergen los otros tres personajes, como también desde él se crea la tormenta que domina la noche en la que se inicia Escrito sobre el viento, una tormenta destructiva que habita en su interior y que arrasa con cuanto le importa, porque no es capaz de aceptarse ni creer en su valía, frustración que también le impide creer en aquellos que le rodean.

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